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El graffiti no es “Arte”

Publicado en Madrid el 12 de junio de 2025
Publicado originalmente en 2018 en Ensayos Urbanos

Este artículo de 2018 equipara el graffiti con otras formas de arte, en particular con el arte institucional. Sitúa ambas tradiciones como equivalentes y paralelas.

El término «arte» se usa para referirse a cosas muy diferentes. En una acepción amplia se usa para hablar de cualquier actividad que tenga un aspecto creativo. Por ejemplo, cocinar es un arte, o la esgrima es un arte. Pero también se usa de forma específica para referirse a lo que podríamos llamar, para entendernos, «arte oficial». Me refiero al llamado «Arte con mayúscula»: la tradición artística occidental que comienza en la Grecia clásica y llega hasta la época posmoderna. La tradición que se enseña en las facultades de bellas artes y se expone en la mayoría de galerías y museos. El graffiti* puede entenderse como una forma de arte, pero no tiene nada que ver con «el Arte».

Querer entender el graffiti como parte de la tradición del arte oficial es una permanente causa de confusión. Por supuesto, el graffiti es una forma de pintura y de caligrafía, y juzgarlo en esos términos es tentador. Pero el arte del graffiti está en dónde, cómo y cuándo aparecen esas grafías. El graffiti es sobre todo un juego competitivo de exploración urbana, en el que las aptitudes gráficas no son más importantes que las estratégicas o las atléticas. Un escritor de graffiti puede ser mediocre como pintor o calígrafo, pero para salirse con la suya noche tras noche no le puede faltar el ingenio, la sangre fría y la plenitud de recursos.

Aunque el graffiti no es «Arte», es una cultura tan relevante como el arte oficial. Es mucho más joven, nació en Nueva York hace cincuenta años. Pero es heredero directo de los grafitos históricos, y estos son tan antiguos como la escritura. Y, sobre todo, tiene mucho más calado: su impacto en la humanidad es mayor, y lo practica más gente. Está tan extendido que en solo medio siglo ha generado un enorme espectro de actitudes, metodologías y estilos.

En los últimos años, por fin, se han ido generalizando análisis más lúcidos, que localizan el valor central del graffiti en la acción y no en el resultado gráfico. Pero muchos de ellos caen en el error de querer entenderlo, entonces, como una forma de performance. El graffiti no es pintura ni es performance. Para encuadrarlo desde el prisma del arte oficial habría que referirse a él como una forma de «arte popular», un término del argot del arte oficial que se usa para referirse a casi todas las demás tradiciones artísticas. Pero el término tiene connotaciones –utilitario, rural, tribal– que no corresponden en este caso.

Durante diez años impartí una asignatura sobre graffiti en una facultad de bellas artes. Por supuesto, lo abordábamos como una cultura ajena, como podría estudiarse, por ejemplo, el tatuaje. O el flamenco en un conservatorio. Pero la diferencia jerárquica entre «Arte con mayúscula» y «arte popular» es interesada e ilusoria. El arte oficial es solo una más en una larga lista de culturas –o de tradiciones artísticas– paralelas y equivalentes que incluye el graffiti, el tatuaje o el flamenco. Cada cultura tiene su propia historia, su propio sistema de valores y su propio público, sus herramientas y metodologías características, sus registros formales, sus entornos de creación, códigos de conducta, dogmas, héroes y mitos. Cada una es tan rica como el espectador quiera profundizar en ella.

El término «arte oficial» puede llamar a equívoco, porque existe todo un estrato de espacios de arte contemporáneo independientes y no comerciales que no pertenecen, en principio, a lo oficial. Pero casi todos los que participan en esos circuitos aspiran a formar parte del sistema comercial del arte. Son circuitos que funcionan como una «segunda división» en la que artistas, comisarios y gestores hacen méritos a la espera de una oportunidad. Son, en definitiva, parte integral y necesaria del sistema del arte oficial.

Tal y como se entendía hace diez y quince años, el arte urbano era una cultura aparte. Casi todos sus practicantes procedían de facultades de bellas artes, pero metodologías, valores, imágenes e imaginarios eran propios, tomados del graffiti, la publicidad, el activismo y la cultura popular. Entonces la sociedad y el sistema del arte oficial comenzaron a interesarse en él, y el arte urbano se fue convirtiendo en parte de esa «segunda división». Sin embargo, dado que su aceptación desde el arte oficial sigue siendo limitada –en los estratos altos no ha dejado de ser tabú–, ha ido surgiendo todo un circuito paralelo de eventos, galerías e instituciones especializados en el campo.

De modo que el arte urbano sigue siendo en gran medida una cultura aparte, aunque tenga ya muy poco que ver con lo que fue en un principio,** y esté moldeado cada vez más a semejanza del arte oficial: artistas profesionales, salas de exposición, obras coleccionables, coleccionistas, gestores, comisarios, académicos, incluso críticos. Esta evolución ha sido posibilitada por el cambio general de sensibilidad hacia el arte libre en la calle, que ha pasado de estar demonizado a ser un potente reclamo. Pero, mientras el arte urbano se transformaba de arriba abajo con los nuevos vientos, el graffiti apenas ha acusado el cambio. Unos pocos escritores pasan a ser artistas profesionales en el circuito del arte oficial, o en el nuevo circuito comercial del arte urbano, pero la escena no ha dejado de existir como una cultura aparte, centrada en sus tradiciones propias.

Me gustaría pensar que, en estos tiempos de arte urbano desnaturalizado, enfocarse en el graffiti nos puede devolver a los valores originales del arte libre en la calle. Y hasta cierto punto es así. Pero, por desgracia, el graffiti ha sufrido su propio proceso de desnaturalización aguda. En este caso el cambio ha venido, en gran medida, desde dentro: son los medios especializados y el mercado de productos especializados los que han transformado por completo el modo en que el graffiti se aprende, se practica y se aprecia. Pero entender este cambio es ya tarea de otro texto.