Del graffiti a la intervención específica: conferencia en la Universidad Politécnica de Valencia

Estaré en Valencia el próximo lunes 27 de abril para impartir una conferencia como parte del programa de Poliniza, un festival promovido por la Universitat Politècnica de València que celebra este año su cuarta edición.

La conferencia lleva por título “Del graffiti a la intervención específica, una evolución del artista hacia la sociedad.” A través del análisis de las carreras de artistas de la intervención específica –site-specific intervention– como Adams (Suecia), Akay (Suecia), Brad Downey (EE.UU) o SpY (España), plantearé mi teoría acerca del graffiti, el postgraffiti y la intervención específica, y su evolución paralela a la maduración personal de los artistas.

La conferencia tendrá lugar en el campus de la universidad a las 19:45.

Charles Simonds: dos vídeos de 1972 y 1974

Os dejo aquí un par de joyas videográficas rescatadas del olvido por el impagable esfuerzo de Ubuweb. Se trata de documentación del trabajo que Charles Simonds (1945) desarrolló en las calles del Lower East Side neoyorquino a principios de los setenta y que estudiábamos hace unos meses.

La primera película incluye una descripción del proyecto expuesta por una voz en off y diálogos con los vecinos curiosos que rodean al artista mientras trabaja. La segunda no tiene locución pero es especialmente valiosa como documentación de la obra y el ambiente. Ambas retratan, junto con las obras y el proceso, el entorno extremadamente degradado que era su escenario y a su público natural, el nativo de esas áreas, mayoritariamente negro e hispano.

Dwellings (1972)
16mm, blanco y negro, 11′. Filmada y editada por David Troy.

Dwellings winter (1974)
16mm, color, 13′. Filmada y editada por Rudy Burckhardt.

Sobre el taller de arte público independiente

La semana pasada comenzaba la tercera edición del Taller de arte público independiente que tengo el privilegio de dirigir en la Facultad de Bellas Artes de Aranjuez de la Universidad Complutense de Madrid. La asignatura acabará en junio, momento en que volveré a publicar los resultados de su parte práctica.

Para quien quiera conocer más detalles acerca de ella dejo aquí esta entrevista, que respondí hace ya unos meses para un medio impreso y finalmente no se publicó. He editado el texto para adecuarlo a la lectura en pantalla, siempre más incómoda, aunque sigue siendo largo. Las últimas preguntas tratan el actual estado social del arte urbano.

Si queréis leer más, Subaquatica publicó otra entrevista al respecto el junio pasado.

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¿En qué tipo de programa de estudios se inserta la asignatura?

Es una asignatura cuatrimestral de la licenciatura en Bellas Artes de la facultad de Aranjuez, que forma parte de la Universidad Complutense de Madrid.

Luz Nocturna“, obra de Santiago Alcocer en la edición de 2007

¿En qué medida integras temas como el graffiti o el arte urbano en su programa?

La asignatura trata lo que llamamos arte público independiente, es decir las formas de arte en el espacio público que ocurren de manera autónoma, exclusivamente por iniciativa del artista y sin intervención, patrocinio o control alguno por parte de ninguna organización o institución pública o privada. Prácticas por tanto casi siempre ilegales. Esto incluye tanto el graffiti, una disciplina con límites claros y con un vocabulario y lenguaje totalmente definidos, como las muy diversas tendencias que se engloban en el difuso término arte urbano.

También estudiamos parte de lo que se llama culture jamming, sobre todo la actividad de colectivos contrapublicitarios como el Billboard Liberation Front. Pero atendemos además a muchos otros fenómenos interesantes que no se suelen apreciar, por ejemplo el trabajo de artistas urbanos outsider como Tsang Tsou Choi o de activistas sui generis como el Freewayblogger.

En cuanto al graffiti estudiamos toda su historia haciendo especial hincapié en sus episodios menos difundidos, como el primitivo graffiti de los trenes de mercancías (1, 2) de Estados Unidos o el graffiti de las bandas de Los Ángeles, fenómenos ambos que se remontan a principios del siglo veinte. También en las culturas de graffiti autóctonas como el pixação o el graffiti madrileño de los ochenta. En general trato de incidir sobre todo en los aspectos más complicados de entender para quien quiera estudiar de manera independiente, es decir los aspectos menos documentados en libros y en internet. Por supuesto atendemos al génesis del graffiti moderno en Filadelfia y Nueva York entre los sesenta y 1973, otro capítulo relativamente oscuro.

En lo que toca al arte urbano también dirijo el foco en gran medida hacia los artistas y fenómenos menos conocidos. Ahora que la tendencia se ha convertido en algo muy popular y es sencillo encontrar información sobre ella considero mi papel orientar la atención de los alumnos hacia los aspectos que tienen mayor carga conceptual y los que han significado puntos de inflexión en el desarrollo del fenómeno.

Me preocupa especialmente la gran cantidad de trabajos carentes de contenido o de valores destacables a los que se presta una atención desproporcionada, algo que no es sino un producto natural de la burbuja mediática en la que se encuentra el arte urbano. Es de esperar que el tiempo ponga las cosas en su sitio, o al menos parte de ellas. Mientras tanto trato de poner mi criterio al servicio de los alumnos para que las luces de colores no les impidan distinguir dónde hay y dónde no hay.

Es cierto que, aunque hoy día existen muchos libros y webs que cubren el arte urbano y el graffiti, casi todos son colecciones de imágenes con muy poco o ningún texto que ponga en situación y explique qué se está mostrando, que analice el contexto y la progresión histórica de los fenómenos. Dentro de mi trabajo está recopilar y ordenar el conocimiento y la teoría existentes y elaborar mis propias tesis para incorporar todo ello a la clase.

Sombras“, obra de Dosjotas la edición de 2007

¿Hay materia suficiente para presentar una asignatura específica sobre este género de actividades?

El hecho es que me veo obligado a dejar muchas cosas en el tintero. Para desarrollar todo lo que tengo que contar necesitaría bastantes más horas.

En esta faceta docente, ¿qué peso tiene tu experiencia en la calle?

Como decía, la actual popularidad del arte urbano crea un barullo que puede hacer difícil discriminar entre las producciones con peso y las artificialmente infladas. Para ayudar a crear en los alumnos un criterio al respecto es muy valiosa la experiencia de quien ha conocido de cerca el fenómeno desde sus primeras manifestaciones y lo ha visto evolucionar mucho antes de que surgiera la burbuja mediática. Y por supuesto es imprescindible la perspectiva que sólo la formación académica puede proporcionar. Tengo la suerte de poseer ambos bagajes, lo que me coloca en una posición privilegiada para afrontar el estudio de estos asuntos.

Es una asignatura con un sentido práctico, ¿cómo se plantean esos proyectos?

La asignatura es teórico-práctica. Por un lado están las clases, unas veinticinco sesiones de dos horas, que consisten en conferencias y proyecciones durante las que expongo los contenidos que comentaba. Por otro lado está la parte práctica. Cada alumno desarrolla por su cuenta un proyecto personal de intervención en el espacio público. Los proyectos toman forma durante las tutorías, en las que cada alumno se entrevista conmigo varias veces para discutir el planteamiento y desarrollo de su trabajo.

¿Planteas algún tipo de ética en tus clases de modo general a la hora de actuar en la calle? ¿algún tipo de función social?

Para mí personalmente el aspecto ético es muy importante. Aunque procedo de la vertiente más ortodoxa del graffiti, los años han cambiado diametralmente mi punto de vista. Me preocupo mucho de transmitir a mis alumnos una actitud respetuosa a la hora de actuar en la calle. El asunto se resume en la idea de que la calle es de todos, y actuar en ella es hacerlo en la casa de los demás. No se trata sólo de evitar provocar gastos de limpieza y otros engorros, el asunto es que al colocar tu producción en la calle estás imponiéndola a un público que no la ha solicitado.

Aunque pudiera parecer lo contrario, existen muchas maneras de actuación independiente en el espacio público que no son intrusivas o lo son muy poco, y que no provocan gastos considerables. Muestro numerosos ejemplos durante el curso, y el hecho es que muchos alumnos encuentran sus propias tácticas en esta dirección.

Rememorando“, obra de Lucía Yela en la edición de 2008

Obviamente esta exigencia implica que el graffiti tradicional no entra dentro de las prácticas a desarrollar por parte de los alumnos. De todos modos se trata de una disciplina cuyo aprendizaje tiene lugar necesariamente a través años de experiencia en la calle, y está fuera de lugar en un contexto universitario. Nos limitamos por tanto a estudiar el fenómeno desde el punto de vista teórico.

Tampoco contemplamos el graffiti legal, es decir el muralismo en estilo graffiti, un tipo de actividad que no tiene especialmente en cuenta el entorno en que sucede. Y es que el aspecto más importante de la práctica en la asignatura radica en la inmersión del artista en el espacio. Se trata de situarse en el contexto físico y social, percibirlo y analizarlo, y plantear una respuesta en cuanto a forma, concepto y técnica que nazca de este análisis.

El mayor enriquecimiento para el alumno surge de este ejercicio. La asignatura forma parte de una licenciatura en bellas artes, se trata de formar artistas, y lo que se pide a un artista es el desarrollo de un punto de vista propio, de una manera personal de entender la realidad. En este sentido la asignatura puede resultar muy valiosa en la medida en que entrena una manera activa de mirar.

Sobre la función social, las actuaciones artísticas autónomas en el espacio público tienen una función clara si consideramos que sacan el arte de sus espacios oficiales, en los que se encuentra relativamente inaccesible para el gran público, y lo convierten en algo inmediato, parte del paisaje social. Pero este hecho tiene su contrapartida en el aspecto impositivo que comentaba.

Ante la popularización y extensión de estos fenómenos oímos cada vez más voces que denuncian esto, voces que piden a los artistas que se ahorren sus productos, que nadie solicitó nunca, y se limiten a colocarlos en los espacios tradicionales, museos y galerías, donde sean visibles sólo para quien desee verlos. Un argumento que aunque pueda sonar retrógrado no deja de estar justificado. El artista debe tener esto en cuenta y colocar el respeto al espectador en el primer plano a la hora de considerar una actuación pública.

¿Cuál es el perfil de tus alumnos? ¿por qué crees que les atrae este tema?

El perfil de los alumnos es tan diverso como en la carrera en general. Algunos de ellos tienen experiencia en la actividad artística en la calle, normalmente en el graffiti. Para todos ellos la asignatura significa un cambio bienvenido respecto a la tónica general de los estudios, que no suelen abordar temas subculturales ni de actualidad.

¿Cuál fue alguno de los proyectos de tus alumnos que más te impactó?

Una de las cosas más gratificantes de la docencia es cómo a veces los alumnos te sorprenden y superan tus expectativas. He publicado una pequeña página web en la que se muestran algunos de los proyectos más destacados del taller. Está en apaw.javierabarca.es.

Incomunicados“, obra de Pablo Rubio en la edición de 2007

¿Te sientes un plantador de semillas?

En un trabajo como éste, para bien o para mal, tus palabras contribuirán en muchos casos a dar forma a la manera de ver la vida y el arte para algunas personas. Esto es un privilegio, pero también una responsabilidad que llega a ser abrumadora. Exige medir las palabras con mucho cuidado. Las críticas han de ser siempre constructivas, y es necesario aparcar en la medida de lo posible las fobias personales. La verdad es que todo esto se puede convertir en un ejercicio agotador.

¿Sabes de otras iniciativas semejantes a la tuya en otras universidades o por otro tipo de instituciones?

No tengo noticia de ninguna clase permanente a nivel universitario centrada en el estudio del arte urbano.

¿Crees que en este momento hay otro tipo de sensibilidad por parte de la ciudadanía frente al graffiti u otro tipo de acciones creativas libres en la calle?

Es evidente que el arte urbano está perdiendo su carácter de actividad proscrita, y que es cada día más común encontrar arte urbano ejecutado para ser aceptado social y mediáticamente. A nadie se escapa que mucha gente lo practica como manera de hacer currículum, como una faceta más del creativo o diseñador moderno. A cualquiera que haya estado implicado en estos asuntos desde hace unos cuantos años le resulta chocante cómo hoy se hace bandera de algo que antes había que ocultar, cómo ha llegado a tener sex-appeal lo que siempre se ha visto como algo infantil.

Esta aceptación social convive con el rechazo de siempre, que sigue existiendo, hacia unas actividades en su mayoría esencialmente antisociales. El resultado es una situación realmente contradictoria y extraña, que permite que un artista pase la noche en el calabozo y el día inaugurando una exposición por todo lo alto.

¿Un artista se puede ganar la vida en el mundo del arte haciendo estos temas?

Ya no hay duda de que sí. Las convocatorias y exposiciones se multiplican ya no sólo en galerías independientes y espacios no comerciales, también en galerías comerciales y museos de primer orden. Cada vez son más los artistas de calle que se están estableciendo como artistas de galería y venden obra a buenos precios. Hay ya unos cuantos que venden todo lo que producen.

Obviamente, lo que venden no son obras de calle, sino casi siempre cuadros y obra gráfica ejecutados en el estilo que les caracteriza cuando actúan en la calle. Sin duda el encumbramiento de Banksy en 2006 supuso el gran punto de inflexión. Su caso ha sido un ejemplo extremo de trayectoria fulgurante, y ahora mucha gente no quiere perder la oportunidad de hacer dinero con el siguiente Banksy.

Dan Witz, postgraffiti silencioso desde 1978

Dan Witz nació en Chicago en 1957 y estudió en la Rhode Island School of Design y en la Skowhegan School of Painting and Sculpture. En 1978 se trasladó a Nueva York para ingresar en la Cooper Union, de la que salió licenciado en 1980. Vecino del Lower East Side, donde ocupó un loft hasta que el proceso de gentrificación le obligó a mudarse a Brooklyn a finales de los noventa, Witz participó en la escena art-punk neoyorquina de finales de los setenta y principios de los ochenta como músico y como aficionado. Durante varias giras europeas, tras las noches de concierto pasaba los días en las principales pinacotecas del continente explorando las técnicas clásicas del óleo. Esa confluencia de la cultura popular más desgarrada con la tradición artística occidental ha caracterizado desde siempre a Witz.

En 1978 pintó una serie de pequeños fuegos en las paredes de su escuela en un gesto de rechazo a la esterilidad de su posmoderna arquitectura. El suceso supuso un escándalo y Witz fue expulsado para ser vuelto a aceptar después por miedo a la reacción del alumnado. El artista sostiene que esta experiencia le hizo consciente del poder comunicativo del trabajo público independiente de forma que ya no dejó de practicarlo.

Uno de los fuegos pintados por Witz en su escuela en 1978

Witz conocía el trabajo que Simonds y Matta-Clark habían desarrollado en la ciudad pocos años antes, y el que John Fekner continuaba produciendo. Fue coetáneo de la escena artística del East Village y de la corriente de arte urbano asociada a ella –representada por artistas como Keith Haring, Jenny Holzer o Richard Hambleton–, que tras el éxito de Haring se pobló de artistas que salían a la calle en busca de una rápida notoriedad que impulsara sus carreras comerciales. Witz, poco amigo del sistema del arte, procuró en cambio mantenerse al margen y desarrolló sus proyectos de calle lejos de los barrios artísticos, que le hubieran reportado una audiencia más rentable.

El grueso de la obra pública de Witz se desarrolla en forma de campañas independientes de postgraffiti acompañadas por algunas piezas sueltas, ejecutadas casi siempre con las mismas soluciones formales y técnicas y el mismo lenguaje gráfico. Utiliza pequeñas imágenes hiperrealistas que integra con discrección en superficies escogidas por sus valores visuales, y recurre con frecuencia al trampantojo.

Esporádicamente ha producido también muestras de intervención específica, como la que comentábamos hace unos meses. La excelente pieza “Poem down Broadway” (Poema a lo largo de Broadway, 1981), uno de sus más tempranos experimentos, se aleja también de su lenguaje habitual. La serie está inspirada en el cut-up de William Burroughs y en el modo en que los objetos se incrustan en el asfalto en el calor del verano neoyorquino.

Su primera campaña de postgraffiti, Birds of Manhattan (Los pájaros de Manhattan, 1979), surgió inspirada por las largas caminatas en las que el artista solía cruzar la ciudad, tanto por afición como por falta de medios económicos para pagar transporte. En esta serie Witz pintó más de cuarenta colibrís de tamaño natural ejecutados con acrílico directamente sobre las paredes en sesiones de unas dos horas por pieza.

Parte de la serie “Poem down Broadway” (1981)

Uno de los primeros colibrís de “Birds of Manhattan” (1979)

Dos colibrís de su segunda serie, ejecutada en 2000 ya mediante adhesivos

Witz concibió los colibrís a raíz de su interés por los tags –término con que los escritores de graffiti se refieren a sus firmas–. Las pequeñas piezas funcionaban, según Witz, como una especie de anti-tag. Efectivamente se trata de muestras de la identidad del artista desperdigadas por la ciudad, pero de ejecución imposiblemente lenta y que trocan la fuerza del gesto por la contención de la miniatura, el asalto a la mirada por la sutileza casi invisible. Aunque Nueva York vivía entonces años de fuerte presión municipal contra el graffiti Witz podía permitirse encuentros con la policía, que después de observar la delicadeza del trabajo no solía darle problemas.

Con el tiempo Witz desarrolló un sistema para reducir su tiempo de exposición a los peligros de la calle. A partir de 1995 comenzó a preparar sus imágenes en el estudio: trabaja a partir de fotografías que imprime sobre vinilo, recorta, y retoca con pincel para enfatizar los volúmenes y la sensación de realismo. El adhesivo es aplicado en la calle y únicamente la sombra de la figura proyectada sobre la pared se ejecuta in situ con un aerógrafo.

La mayoría de series de Witz funcionan como postgraffiti icónico: repiten un motivo constante que muta en cierta medida cada vez que aparece. Su imaginería es eminentemente introspectiva y tendiente al ilusionismo visual con exepción de algunas obras, como la campaña “Hoodies” (1994, hoodie es el término coloquial para referirse a las sudaderas con capucha) que, aunque críptica, tuvo un marcado contenido político. El proyecto, alejado de su solución técnica habitual, consistió en una serie de más de setenta serigrafías con la imagen de un amenazador encapuchado que pegó a varios metros de altura en los puntos de venta de heroína de su barrio, en una época en que la renovada popularidad del opiáceo causaba estragos en la escena artística y musical.

Una de las serigrafías de “Hoodies” (1994)

De la serie “WTC shrines” (2001)

Una de las piezas sueltas que Witz ejecutó durante la segunda mitad de los noventa

La serie “WTC shrines” (Capillas del World Trade Center, 2002) tuvo también un contenido conectado a la realidad social y fue especialmente sonada. Como homenaje a las víctimas del 11S Witz instaló imágenes de velas en las bases de las farolas a lo largo de las calles desde las que fue posible contemplar el incendio de las torres. Las imágenes estaban inspiradas en las pequeñas capillas instaladas por la población de la ciudad en los alrededores del lugar del desastre.

De manera paralela a su trabajo en la calle Dan Witz ha desarrollado una modesta carrera como pintor hiperrealista que le ha permitido vivir del arte hasta hoy. La explosión comercial del arte urbano a mediados de la presente década ha aumentado la demanda de sus lienzos y ha generado sus primeras exposiciones individuales internacionales. Después de dos décadas de trabajo silencioso en las calles de Nueva York Witz es ahora uno de los pocos artistas de los ochenta ampliamente reivindicados como precedente por la actual escena del arte urbano. Está anunciada la publicación del primer gran monográfico sobre Witz, que no ha dejado de producir nuevas series de postgraffiti en su ciudad cada verano.

Cristopher Cichocki, Katharina Grosse y las cualidades del aerosol

Cristopher Cichocki (1979) es un joven artista norteamericano afincado en California. Su ecléctica obra incluye desde vídeos a pinturas al óleo, pero la parte de su producción sobre la que quiero llamar la atención entra dentro de lo que entendemos como intervención específica autónoma, es decir, actuaciones independientes y no comisariadas en el espacio público que responden al contexto en el que suceden y juegan con alguna particularidad del mismo. Se trata de otro artista desconocido en la escena del arte urbano pero cuyas propuestas, totalmente pertinentes para dicha escena, resultan bastante más estimulantes que lo que ésta suele ofrecer.

Christopher Cichocki: “Foundation”, 2006. C-print, dimensiones variables

Las intervenciones de Cichocki asumen su transitoriedad y lo necesario de su vínculo con el contexto que las alberga y se manifiestan en forma de fotografías. Se trata de la táctica que el maestro Andy Goldsworthy (1956) –el artista académico más habitualmente citado como referencia en la escena del arte urbano– asumió desde el principio de su carrera tras enfrentarse al mismo problema. En ambos casos –salvando las distancias– las imágenes resultantes están llenas de fuerza lírica, gran parte de la cual emana del modo en que retratan la belleza del contexto y la volatilidad de la intervención.

Cichocki utiliza la pintura en aerosol de formas sorprendentemente reveladoras. El aerosol tiene una cualidad especialmente importante que lo distingue de casi todas las demás técnicas de aplicación de pintura: la ausencia de contacto entre la herramienta y el soporte. Esta cualidad es utilizada por los escritores de graffiti para ignorar la irregularidad de los soportes sobre los que trabajan y para ubicar sus piezas encima de objetos diferentes y contiguos como si se tratara de una única superficie. Así por ejemplo una determinada pieza de graffiti puede ocupar simultáneamente parte de una pared, de una puerta y de una ventana sin que el salto entre soportes suponga estorbo alguno en la ejecución de la obra ni en su percepción como unidad.

Una pieza de graffiti ejecutada sobre superficies irregulares y diversas. Imagen de C.W. Cohenour

En obras como “Asphalt island” (2004) Cichocki utiliza la herramienta de forma diametralmente opuesta. En una renuncia deliberada de la capacidad del aerosol a la que nos referimos el artista traza un contorno que refuerza la separación entre dos elementos diferentes de la superficie del suelo –un parche de hierba y el asfalto que lo rodea– en un movimiento que no hace sino subrayar un aspecto de la realidad del paisaje pero que, extrañamente, resulta una imagen particularmente irreal, que por momentos nos hace dudar acerca de la distancia entre el objetivo y el suelo, si acaso la imagen se ha tomado desde un trípode o bien desde un helicóptero a centenares de metros de la superficie.

Christopher Cichocki: “Asphalt Island”, 2004. C-print, dimensiones variables

En propuestas como “Origin” o “Drift”, ambas de 2006, el artista hace uso de dicha capacidad del aerosol aunque de un modo muy diferente al explotado por el graffiti. Aplicando la pintura sobre superficies no sólidas como masas de agua, impracticables para las herramientas tradicionales de la pintura pero no para el aerosol, Cichocki crea imágenes turbadoras que vuelven a remitirnos a la idea del cosmos dentro del cosmos, en las que se hace difícil distinguir el charco de la galaxia.

Christopher Cichocki: “Origin”, 2006. C-print, dimensiones variables

Christopher Cichocki: “Drift”, 2006. C-print, dimensiones variables

Christopher Cichocki: “Wound”, 2005. C-print, dimensiones variables

Christopher Cichocki: “Rupture”, 2005. C-print, dimensiones variables

Christopher Cichocki: “Spill”, 2005. Díptico en C-print, dimensiones variables

“Land spore” (2008) o “Miracle grow” (2005) utilizan también una cualidad única del aerosol, esta vez la misma que el graffiti explota: la capacidad para aplicar pintura sobre superficies extremadamente irregulares. Los resultados se pueden considerar esculturas aunque no están lejos de ser readymades en los que la acción del artista –según el esquema del readymade, la simple voluntad de designación de un objeto como obra artística– toma la forma de un cambio cromático. Si bien la ausencia de contacto físico entre artista y objeto, posibilitada por el uso del aerosol, vincula la efectiva acción pictórica con la inacción conceptual del readymade.

Christopher Cichocki: “Miracle grow”, 2005. C-print, dimensiones variables

Christopher Cichocki: “Land spore”, 2008. C-print, dimensiones variables

Esta explotación del aerosol está emparentada con el imprescindible trabajo de la alemana Katharina Grosse (1961), que se aleja en principio del espectro que estudiamos en Urbanario pero que nos resulta interesante por su recreación de uno de los músculos formales más importantes del graffiti, la citada capacidad de saltar libremente entre superficies diferentes y contiguas. En sus obras más características Grosse utiliza pistolas de pintura –que no son sino versiones motorizadas y de escala industrial de los humildes aerosoles– para aplicar abigarradas composiciones cromáticas que se extienden alegremente sobre montañas de tierra y otros objetos instalados a tal efecto y sobre los suelos, paredes y techos que los rodean.

Obras exteriores como “This is not dogshit” (2007) remiten al graffiti de forma aún más directa. Tanto en interior como en exterior las piezas de Grosse poseen una fuerza mastodóntica y transmiten una sensación de libertad casi histérica que pocas propuestas artísticas pueden reivindicar.

Katharina Grosse: “Untitled”, 2003. Acrílico sobre pared, 530×1430x855 cm. Union, Londres

Katharina Grosse: “Untitled”, 1999. Acrílico sobre pared, 405×1481x233 cm. The Drawing Center, Nueva York

Katharina Grosse: “Cincy”, 2006. Acrílico sobre pared, suelo, cristal, styrofoam y tierra, 480×740x1180 cm. Contemporary Arts Center, Cincinnati

Katharina Grosse: “Untitled”, 2003. Acrílico sobre pared, 428×1861 cm. Schloß Dyck, Jüchen

Katharina Grosse: “Untitled”, 2003. Acrílico sobre pared, metal y ladrillo, 1300×1000x1000 cm. Berlinische Galerie, Berlín

Katharina Grosse: “This is not dogshit”, 2007. Acrílico sobre pared, metal y ladrillo. Franchise Foundation, Leeuwarden

Arthur Stace, Mr. Eternity

Hace unos meses hablaba del trabajo de Josef Kyselak, claro precedente del graffiti moderno que tuvo lugar a principios del siglo diecinueve. Hoy presento el también sorprendentemente antiguo caso de Arthur Stace, un alcohólico reformado convertido en predicador evangelista que escribió medio millón de veces la palabra “Eternity” en las aceras de Sydney, Australia, durante los años treinta, cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo veinte.

Stace nació en 1884 en Balmain, un barrio deprimido de Sydney. Sus padres y sus cuatro hermanos y hermanas eran alcohólicos y pasaron buena parte de sus vidas en la cárcel. Durante su infancia Stace dormía fuera de la casa para evitar la violencia paterna y comía lo que lograba conseguir robando y buscando en la basura. No recibió ninguna educación. A los doce años fue tutelado por el estado, lo que no evitó su temprano alcoholismo. A los catorce consiguió su primer empleo, en una mina de carbón, y a los quince ingresó por primera vez en la cárcel.

En la edad adulta Stace era un hombre delgado, de 1′60 metros y menos de 45 kilos de peso. Con más de veinte años trabajaba como recadero llevando bebidas de un pub al burdel regentado por sus hermanas y a varias casas ilegales de juego. También se involucró en bandas dedicadas al robo de pisos para las que servía sobre todo de vigilante por su discreta complexión. Su vida de alcoholismo y crímenes menores fue interrumpida sólo por la primera guerra mundial, durante la cual fue destinado a Francia para servir como camillero.

Regresó del frente gaseado y medio ciego de un ojo e inmediatamente retomó sus hábitos, que le hicieron degenerar hasta el punto de vivir de la limosna y beber alcohol desnaturalizado. Intentó sin éxito librarse de su adicción mediante estadías voluntarias en hospitales y psiquiátricos. Pasó en numerosas ocasiones por la cárcel y estuvo cerca de ser ingresado por el juez en un psiquiátrico de donde probablemente no hubiera salido jamás.

Eran los años de la gran depresión y un alcohólico desharrapado como Stace no tenía ninguna posibilidad de encontrar empleo. Un día de 1930 asistió junto con otros trescientos indigentes a hora y media de homilía en una iglesia evangélica a cambio de té y un bollo. La experiencia cambió el rumbo de Stace, que con cuarenta y seis años abandonó repentinamente su modo de vida para convertirse en un beato. Desde entonces y hasta su muerte trabajó en la beneficencia y predicó en numerosas iglesias. Predicó también cada sábado en la calle –siempre en la misma concurrida esquina del centro de Sydney– con un estilo especialmente teatral, primero de viva voz y más adelante desde una furgoneta con luz y amplificación. Se ganaba la vida en el servicio de limpieza municipal. Contrajo matrimonio a los cincuenta y siete años.

Dos años después de su conversión, en 1932, Stace asistió a un sermón a cargo del pastor John G. Ridley, un conocido predicador de estilo especialmente duro y ex combatiente condecorado en la primera guerra mundial. El sermón, basado en un tracto del evangelio de Isaías (57:15), llevaba por título “Los ecos de la eternidad”. Durante su discurso el pastor, normalmente disciplinado, apartó de pronto sus notas y gritó “Eternidad, eternidad. Me gustaría poder gritar esa palabra a toda la gente en las calles de Sydney.”

Stace narra así la experiencia: “Continuó gritando ‘eternidad, eternidad…’, y sus palabras siguieron resonando en mi cerebro al salir de la iglesia. De pronto comencé a llorar y sentí una poderosa llamada del Señor para que escribiera ‘eternidad’. Tenía un trozo de tiza en el bolsillo, y junto a la iglesia me agaché y lo escribí. Lo gracioso es que antes de escribirlo apenas era capaz de escribir mi propio nombre. No tenía educación y no me hubiera sido posible deletrear ‘eternidad’ de ninguna manera. Pero me salió suavemente con una bella escritura cursiva inglesa. No pude entenderlo y sigo sin poder.”

Efectivamente, Stace era prácticamente analfabeto. Su mujer le leía las cartas y escribía las respuestas que él dictaba. En sus propias palabras, “lo he intentado una y otra vez pero lo único que consigo escribir en cursiva inglesa es ‘eternity’”. Sin embargo, a partir de aquel momento Stace convirtió la difusión pública de la palabra “eternity” en su misión personal, y la escribió al menos cincuenta veces al día durante el resto de su vida.

Todas las mañanas se levantaba a las cuatro, rezaba hasta las cinco, desayunaba y salía a la calle, vestido siempre de forma muy correcta con corbata, traje y sombrero. Cada día se dirigía a una zona diferente, tanto en el centro de Sydney como en barrios y pueblos, incluso a veinte kilómetros de la ciudad. Afirmaba que dios le indicaba la noche anterior el camino que debía recorrer. Llegó a llevar su mensaje a Melbourne, a 1600 kilómetros. Escribía en las aceras cada cien metros y en el suelo junto a las entradas de las estaciones de tren, de forma que los trabajadores que llegaban a la ciudad veían la palabra recién escrita. Volvía a su casa a las diez de la mañana y después del trabajo continuaba su misión, a la que tras jubilarse pasó a dedicar casi todo su tiempo.

Comenzó escribiendo con tiza amarilla, que pronto sustituyó por ceras, más resistentes a la humedad. Consideraba la palabra eternity un “sermón de una palabra” especialmente efectivo, que “hace llegar el mensaje, hace a la gente pararse y pensar.” Sólo lo sustituyó brevemente a los ocho o nueve años por “Obey god” (obedece a dios), y cinco años más adelante por “God or sin” (dios o pecado) y “God 1st” (dios primero).

No encontró muchos problemas en sus más de treinta años de campaña callejera. Durante un tiempo alguien modificaba sistemáticamente sus escrituras de manera que dijeran “maternity”. Stace respondía trazando una E mayor encima de la enmienda. Fue enfrentado en veintitrés ocasiones por la policía, de la que se defendía diciendo: “Sé que hay una ley que prohíbe manchar las aceras, pero yo tengo autoridad que proviene de un estamento mayor.” En una de esas ocasiones respondió al agente: “Es una palabra de la Biblia que quiero que la gente lea, y no olvides que cuando ingresaste en la policía juraste sobre ese libro”. Nunca fue arrestado.

Única muestra que se conserva del trabajo de Stace. Tiza sobre cartón. Colección del National Museum of Australia.

Stace consideraba su campaña una misión evangélica y nunca buscó notoriedad personal. Durante veinticuatro años su trabajo se fue haciendo cada vez más popular mientras su identidad continuaba siendo un misterio. Los columnistas locales especulaban y varias personas entraron en las redacciones de los periódicos clamando ser el personaje que la prensa había apodado Mr. Eternity. Por fin, en 1956, Stace fue sorprendido in fraganti por el pastor de su parroquia. El descubrimiento se divulgó y el Sydney Sunday Telegraph publicó en seguida una entrevista con el subrepticio predicador. Otra entrevista, retransmitida por radio en 1964, está accesible en internet. Arthur Stace murió en 1967.

La obra de Stace es un icono de la ciudad de Sydney y ha influido a numerosos artistas, poetas y cineastas durante décadas. Martin Sharp, máximo exponente del arte pop en Australia, la ha utilizado a menudo. Grupos evangelistas australianos han adoptado a Stace como figura ejemplar y han llevado a cabo campañas de escritura en el suelo de la popular palabra.

En el año siguiente a la muerte de Stace el ayuntamiento de Sydney propuso la instalación de una serie de placas que conmemoraran su memoria pero la iniciativa no prosperó. Durante la remodelación de la Plaza de Sydney en 1977 el arquitecto a cargo, Ridley Smith, logró la instalación de un sencillo monumento consistente únicamente en la palabra eternity, escrita con el estilo de Stace, incrustada en la calzada en letras de aluminio de unos veintiún centímetros. El arquitecto tenía un interés personal en la memoria de Stace, a quien solía escuchar predicar en la calle cuando niño. Su nombre de pila es además un homenaje de sus padres a John G. Ridley, el predicador que inspiró la campaña de Stace.

La placa instalada en 1977

La máxima expresión de la adopción de Stace como símbolo de Sydney tuvo lugar durante la celebración de la nochevieja de 1999 en el puerto de la ciudad. Tras los fuegos artificiales y ante una audiencia de un millón de personas se encendió sobre el icónico puente del puerto una réplica luminosa gigante de la característica escritura. El espectáculo se reprodujo unos meses después como parte de la inauguración de los juegos olímpicos de la ciudad, esta vez ante los ojos de infinidad de millones de teleespectadores.

Un año después el ayuntamiento de Sydney inscribió el logotipo en el registro de la propiedad intelectual para evitar su explotación comercial o privada. Según leía el comunicado, la obra “es parte de la historia de Sydney y se ha convertido en un verdadero icono de la ciudad. Así pues, de la misma manera que el Ayuntamiento toma medidas para proteger los edificios históricos de usos indebidos, también Eternity merece ser preservada como bien público.” El uso artístico o social es permitido.

En 1994 se emitió en la televisión australiana “Eternity”, un poético documental que dramatiza escenas de la vida de Stace con estilo de cine negro, y en 2003 se estrenó la ópera “The eternity man”, basada en la vida y obra de Stace. El importante cineasta británico Julien Temple, conocido sobre todo por sus retratos de los Sex Pistols, presentaba hace unos meses una película musical del mismo título basada en la ópera. La cinta contribuirá probablemente a la divulgación internacional de la obra de Stace, que hasta ahora apenas ha trascendido fuera de Australia.

El puente del puerto de Sydney en la nochevieja de 1999

Martin Sharp: “Eternity Haymarket”, 1977. Serigrafía, 67×89cm

Las películas acerca de Stace, estrenadas en 1994 y 2008

Keith Haring

Keith Haring nació y creció en Reading, Pennsylvania. Mostró temprano interés por el arte y estudió diseño en la Ivy School of Professional Art de Pittsburgh, ciudad en la que montó su primera exposición individual –de obra aún abstracta– a los veinte años, en 1978. Ese mismo año se trasladó a Nueva York para estudiar en la School of Visual Arts. Allí entró en contacto con el graffiti, que se convertiría en una de las mayores influencias en su trabajo, y desarrolló la campaña de postgraffiti que le llevó a la fama.

En la percepción mayoritaria las actividades del graffiti y del postgraffiti forman parte de un confuso conjunto de elementos cuyos parecidos son evidentes pero cuyas fundamentales diferencias pasan desapercibidas. Como hemos repetido a menudo, la diferencia básica entre uno y otro es su público: el escritor de graffiti se dirige exclusivamente a una audiencia especializada compuesta sólo por sus pares –los únicos preparados para entender su mensaje– mientras el artista de postgraffiti trabaja para el público general.

Uno de los malentendidos más comunes producto del desconocimiento de esta realidad es la clasificación de Keith Haring, Jean-Michel Basquiat o Kenny Scharf como artistas del graffiti. Aunque el fenómeno sería una influencia importante en todos ellos ninguno de los tres fue nunca escritor de graffiti. Eran pintores formados en la tradición del arte culto que experimentaron en mayor o menor medida con la actuación independiente en la calle.

La vinculación es consecuencia de varios factores. Por un lado, sus estilos pictóricos –definidos como “bad painting” (pintura mala)– son en diferente medida cercanos al del graffiti de entonces. Por otro, los tres saltaron al estrellato a principios de los ochenta en Nueva York, mientras tenía lugar el breve boom del graffiti en el mundo del arte, que llevó a un puñado de escritores del metro como Lee o Futura 2000 a pintar sobre lienzo y a exponer internacionalmente. Por supuesto, Haring y Basquiat consiguieron fama a través de sus obras de calle, pero éstas no formaban parte del juego del graffiti. Eran en realidad muestras de postgraffiti, dirigidas al público general.

Existieron numerosas conexiones entre los pintores del bad painting y los escritores convertidos en artistas. Ambos grupos compartieron a menudo escenario en exposiciones colectivas. Fue precisamente en una de ellas –la influyente Times Square Show de 1980– donde Haring contactó con Fab 5 Freddy y otros escritores de graffiti. La convivencia tenía también lugar en ciertos clubs nocturnos irreverentes y cargados de contenido artístico, el ambiente natural de Haring y su entorno. En el Mudd Club el artista comisarió en 1981 la muestra colectiva Downtown Invitational Drawing Show, que incluyó a Crash y Daze entre otros muchos escritores. Haring estableció una relación cercana con Fab 5 Freddy y con las culturas del graffiti y del hip-hop.

El artista llegó a la ciudad cuando el graffiti vivía sus años dorados y desarrolló enseguida una afinidad hacia él: “Llegué a Nueva York en un momento en que las pinturas más bellas que se exhibían en la ciudad iban sobre ruedas –sobre trenes–, pinturas que viajaban hasta ti en vez de lo contrario.” “Me sentí inmediatamente a gusto con este arte. Era consciente de él donde quiera que estuviera. Así que el tiempo invertido en viajar a una galería, performance o concierto era tan interesante y educativo como aquello que me dirigía a ver. A veces ni siquiera me subía al primer tren. Me sentaba y esperaba a ver qué había en el siguiente.”

Un tren cualquiera en las líneas IRT, 1980

Pero Haring nunca pretendió practicar el graffiti: “Nunca tuve intención, sin embargo, de subirme al carro e imitar su estilo.” Fab 5 Freddy lo expresa así: “Recuerdo que teníamos conversaciones sobre el graffiti, le encantaba, entendía lo que era, sentía la energía, quería ser parte de ello, pero quería hacer su propio producto individual.”

La atracción de Haring por el graffiti tenía que ver con diferentes aspectos: “la imaginería pop, la dedicación al dibujo que hace merecer la pena el peligro […].” “La técnica de dibujo con aerosol es impresionante porque es increíblemente difícil. Y la fluidez de la línea, y la manera en que lidiaban con la escala para hacer esos trenes tan enormes. ¡Y siempre el contorno negro y definido que ataba los dibujos entre sí! Era la línea con que había estado obsesionado desde la infancia.” Efectivamente, los contornos de línea definida que caracterizan tanto el graffiti –donde aparecen procedentes del cómic, los dibujos animados y la rotulación comercial– como el trabajo de Haring –que los toma también de los dibujos animados, la base de su educación estética– ya estaban presentes en la obra del artista antes de su llegada a Nueva York.

La línea es además el elemento con que se construye la firma, la forma de graffiti más denostada, cuyos valores formales ni siquiera los paladines del fenómeno se atreven casi nunca a defender. Las firmas ejecutadas con rotulador cubrían por entonces de arriba a abajo los interiores de los vagones de metro en un salvaje contrapunto a los coloridos exteriores. Haring era también admirador de los interiores y apreciaba en las firmas valores cercanos a los de la caligrafía oriental o a los de artistas gestuales como Dubuffet o Alechinsky.

Interior de un vagón en las líneas IRT, principios de los ochenta

Pero el aspecto del graffiti que más interesó a Haring fue “la relación directa entre el artista y la audiencia.” Esta cercanía satisfacía su vocación populista, que le llevaba también a apreciar la amplitud del espectro de público que podía alcanzar actuando en la calle. Haring tomó consciencia de esto poco después de llegar a Nueva York en una ocasión en que, pintando en un estudio con grandes puertas abiertas a una calle transitada, observó cómo viandantes de todo perfil social se detenían y comentaban su obra.

Otros artistas que experimentaban entonces en Nueva York con la actuación independiente en el espacio público contribuyeron a la salida a la calle de Haring, especialmente su amiga Jenny Holzer. La piezas textuales que ésta venía instalando en forma de carteles desde 1977 inspiraron –junto con el “cut-up” de William Burroughs– el primer proyecto callejero de Haring, de 1980, una serie de carteles fotocopiados que reproducían titulares satíricos compuestos a partir de recortes de prensa sensacionalista. Los textos se acompañaban con fotografías de los protagonistas de las imposiblemente escandalosas noticias, casi siempre Reagan o el Papa.

Entre sus primeros experimentos de calle estuvo también la contrapublicidad: ese mismo año Haring intervino una serie de paneles publicitarios de Chardón –que mostraban el rostro de una mujer junto al trasero de un hombre enfundado en unos vaqueros– obliterando la primera letra de modo que leyeran “hardon” (erección). Tanto estas intervenciones como los carteles satíricos se encuentran entre los primeros ejemplos documentados de culture jamming, el conjunto de tácticas de activismo posmoderno que distorsionan con humor el lenguaje dominante para volverlo contra sí.

Originales de dos de los carteles instalados por Haring en las calles de Nueva York en 1980

Pero el proyecto público que dio fama a Haring fue otro. En 1980 comenzó a dibujar con tiza sobre los papeles negros con que la empresa explotadora de los paneles publicitarios del metro los cubría en los periodos en que no estaban alquilados. Aunque su actividad tenía lugar en el escenario más característico del graffiti la actitud de Haring era muy distinta a la de los escritores. Actuaba abiertamente mientras el metro estaba en funcionamiento, sujeto a los comentarios del numeroso público y en compañía de una fotógrafa que documentaba el proceso. Este conjunto de factores conferían a la obra un componente performático que el artista consideraba importante.

La elección de un soporte temporal –cuya usurpación no causa mayores daños– y de un material tan poco agresivo como la tiza separaba claramente el trabajo de Haring del graffiti, y solía además evitar problemas legales al artista. Pero la principal diferencia entre el graffiti y los dibujos de Haring radica en que éstos son inteligibles para el público, la característica básica del postgraffiti. Los dibujos, siempre cambiantes, eran ejecutados con un estilo claro y legible, que además de hacerlos accesibles permitía la rapidez de lectura necesaria en un entorno de flujo rápido como es el metro.

El trabajo público de Haring funcionó como una campaña de postgraffiti narrativo. A lo largo de varios años e infinidad de dibujos –hasta cuarenta en un solo día– el artista desarrolló en los paneles del metro un universo simbólico y gráfico personal que los viajeros reconocían y con el que establecían una relación diaria. Este desarrollo fue incentivado por la transitoriedad del soporte: para mantener su presencia en el metro Haring había de producir nuevos dibujos tan pronto como los carteles eran cubiertos, lo cual sucedía con frecuencia. Haring sacó también sus dibujos del metro a la calle –aunque en menor medida– sustituyendo en algunos casos la tiza por el grueso rotulador permanente propio del graffiti.

Fotografía de Ivan Dalla Tana, 1984

La enorme popularidad del postgraffiti de Haring entre la gente de Nueva York llamó en seguida la atención del sistema del arte: Andy Warhol lo adoptó en su círculo y el entonces emergente galerista Tony Shafrazi le organizó en 1982 una sonada exposición individual que significaría el despegue de su fulgurante éxito, por el que se convirtió en un popular personaje mediático en todo el mundo. Pronto exhibió su trabajo en la galería del influyente Leo Castelli y se estableció como estrella del arte profesional, aunque su populismo impidió siempre su plena aceptación entre la crítica especializada.

Haring siguió considerando el metro su lugar preferido de trabajo y no dejó de actuar en él hasta 1986, cuando el éxito comercial comenzó a provocar el robo de sus dibujos, un fenómeno que se viene repetiendo durante el último par de años en la escena del arte urbano. Ejecutó además numerosos murales en diferentes países, en ocasiones de forma autónoma. Su obra incorporó contenidos políticos cada vez más explícitos sobre todo a partir de 1988, cuando conoció su condición de seropositivo. La enfermedad le quitó la vida en 1990.

Un aspecto tan determinante como silenciado en la carrera de Haring es su colaboración con el escritor de graffiti de origen portorriqueño LA II o La Rock (Ángel Ortiz), a quien conoció en 1980. Haring había visto a menudo la firma de LA II –que tenía entonces trece años– en el East Village, el barrio natal del escritor. Impresionado por su juventud y talento Haring adoptó a LA II como protegido y lo convirtió en su colaborador durante varios años.

La relación fue estrecha y mutuamente enriquecedora: Haring introdujo a LA II, de origen humilde, en el ambiente del arte y lo llevó consigo en sus viajes internacionales. LA II por su parte llevó a Haring a una cochera de Brooklyn en la que el artista tuvo oportunidad de experimentar sobre el soporte tradicional del graffiti, los vagones de metro. Haring se benefició además de la credibilidad callejera que la participación del escritor confería a su obra.

Ambos coprodujeron un gran número de pinturas y objetos en los que el escritor llenaba de firmas los espacios negativos entre las líneas de Haring. Esta aportación fue decisiva en el desarrollo del lenguaje del artista y dio lugar al estilo que Haring convertiría en una de sus señas de identidad. LA II afirma que, si bien Haring le trataba como un igual y compartía con él los beneficios producidos por sus obras conjuntas, la fundación que administra el legado del artista le ha ignorado y ha comercializado su trabajo sin darle crédito ni dinero. Efectivamente es muy habitual encontrar en catálogos y exposiciones trabajos conjuntos atribuidos sólo a Haring.

Keith Haring y LA II: “Untitled”, 1981. Acrílico y rotulador sobre metal, 120×120cm

Llevando a la práctica el legado teórico de Warhol, Haring fue el primer artista en producir obra para el mercado popular. Dio rienda suelta a su vocación populista comercializando numerosas series de merchandising que daban la oportunidad a cualquiera, sin distinción de capacidad económica, de poseer una muestra de su obra. Esta diversificación de mercados es uno de los aspectos más característicos de la actual escena del arte urbano. Haring fue también pionero en el acceso al sistema del arte a través de una previa aceptación popular y mediática, la ruta que han recorrido recientemente Banksy o Shepard Fairey.

El éxito comercial de Haring avivó enormemente la escena de arte urbano que venía desarrollándose en Nueva York y tuvo eco también en las surgidas durante esos años en París o São Paulo. En un fenómeno equivalente al actual “efecto Banksy” numerosos artistas se echaron a la calle, en ocasiones con objetivo de construirse rápidas reputaciones personales que intentar rentabilizar en el mercado el arte.

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Las citas están tomadas de los siguientes textos: Gruen, John: “Conversation with Keith Haring”. En “The Keith Haring Show”, catálogo de la exposición del mismo título. Skira, Milán, 2005. | Haring, Keith: “Art in transit”. En “Art in Transit, subway drawings”. Harmony books, Nueva York, 1984. | Stark, David: “Conversations” (entrevista con Fab 5 Freddy, 1997). Página web de The Keith Haring Foundation.


Eltono

Nacido en 1975, Eltono practicó el graffiti desde 1989 y durante los diez años siguientes. Utilizando el nombre Otone –simplificación de la palabra automne, otoño– y como parte del prestigioso grupo GAP se especializó en el bombardeo de la línea de tren que une París con su suburbio natal, Cergy-Pontoise, ejecutando piezas sencillas y legibles. Estudió artes plásticas en Saint Denis, de donde salió hacia Madrid en septiembre de 1999 para un intercambio de un año en la Universidad Complutense que se convirtió en una adopción permanente.

Al llegar a Madrid convirtió Otone (léase otón) en Tono, una inversión del orden de las sílabas habitual en el argot juvenil francés. Castellanizó además el nombre acompañándolo del artículo “el” inspirado por el ejemplo de, entre otros, el barcelonés La Mano. Después de varios intensos meses escribiendo graffiti y ante la saturación de firmas del entorno madrileño Eltono decidió experimentar con el uso de un icono.

La táctica –que el artista había observado adoptar algunos años antes a su compañero de estudios Olivier Kosta-Théfaine (Stak), entre otros– busca explotar la visibilidad de una imagen entre la uniformidad de los textos. Eltono escogió la figura de un diapasón como traducción gráfica de su nombre. Sus primeros experimentos son muestras de graffiti icónico: sustituye las letras por una imagen, pero la resuelve con los materiales y soluciones formales del graffiti: relleno, borde, y lo que en el argot castellano se suele llamar “3D” y “powerline” –las partes negras y amarillas en la siguiente imagen– pintados con aerosol.

Piezas en las vías del tren de París y Madrid

Uno de los primeros experimentos icónicos de Eltono. Madrid, 1999

En seguida desechó esta solución y ya en febrero de 2000 llevó a cabo sus primeros experimentos con pintura plástica enmascarada con cinta de pintor y aplicada con pincel, la técnica que ha utilizado desde entonces en casi todo su trabajo. El uso de materiales tan inusuales y carentes de estigma –que son percibidos incluso como benignos– unido a su actitud respetuosa y preferencia por los soportes abandonados le ha permitido trabajar con libertad y casi siempre ante la indiferencia de la policía.

Los nuevos materiales trajeron consigo nuevas soluciones formales y el diapasón se abstrajo hasta convertirse en una figura geométrica de líneas positivas y negativas uniformes que cambia su dibujo y colores cada vez que aparece. El trabajo de Eltono funciona como una campaña de postgraffiti icónico: repite un icono mutable, un motivo gráfico lo suficientemente constante como para ser identificado de inmediato pero que muta para integrarse en el contexto y para mantener el interés del artista y del público. Además de su trabajo en Madrid, que le convirtió en un elemento habitual de ciertos barrios del casco viejo durante buena parte de la década, el artista comenzó en seguida a exportar la campaña a otras capitales del mundo.

Eltono se distingue por su criterio constructivo y su sensibilidad en la localización. Improvisa in situ formas y colores para integrarse en el equilibrio existente. Escoge casi siempre superficies desatendidas con la intención de reanimar su dignidad y para aprovechar la carga formal de las texturas envejecidas. Tales soportes son a menudo poco visibles, lo que añade privacidad al encuentro fortuito con la obra. Renunciando a la visibilidad sacrifica un buen número de encuentros del espectador con su obra pero incrementa a cambio la capacidad de penetración de cada uno de ellos.

De forma paralela a su campaña principal ha venido produciendo esporádicamente pequeñas series de carteles y pegatinas. Las más brillantes se basan en dos humildes formas de comunicación comercial –interés constante del artista– que abundan en el paisaje madrileño, las pegatinas de cerrajeros y los pequeños carteles fotocopiados con que trabajadores autónomos se ofrecen para chapuzas domésticas, y las imitan mimetizándose hasta hacerse casi invisibles. Otra obra igualmente sutil es Light graffiti, en la que parasita la luz de una farola para proyectar su logo, mediante un espejo, al otro lado de la calle.

Piezas ejecutadas en Madrid entre 2002 y 2004

Servicio 24h. 5000 pegatinas, Madrid, 2002

Pinto gratis. 2000 carteles, Madrid, 2004

Light graffiti. Madrid, 2006

El trabajo callejero de Eltono y de Nuria Mora –su compañera habitual entre 2000 y 2007– llamó la atención de la galería Vacío 9, que representa a los artistas desde 2002. Eltono destacó pronto en la escena internacional y su prestigio no ha dejado de crecer, un hecho al que sin duda han contribuido la calidad de las fotografías con que documenta su trabajo y su temprano y eficiente uso de internet como soporte del portfolio personal. Hoy es una primera figura y produce exposiciones en todo el mundo. Entiende su entrada en el sistema del arte como una oportunidad para conectarlo con la calle y crear una relación que enriquezca a ambas partes. En casi todos sus trabajos para galerías y eventos artísticos no públicos ha tenido como pioridad tender algún tipo de puente entre el interior y el exterior.

Ese puente cristaliza a veces en forma de productos coleccionables. Un ejemplo son las piezas que el artista llama “invertidos”. La producción de los invertidos comienza, como casi siempre en el proceso de Eltono, con la inspección de la ciudad –suele producir sus obras coleccionables ex profeso y con materiales encontrados en el contexto de la exposición– en busca de maderas y otros restos abandonados con los que trasladar al estudio la riqueza de texturas que es el soporte natural de su obra.

Sobre un collage construido con estos objetos Eltono pinta una de sus figuras, que es en su forma el negativo exacto de otra pintada sin permiso en alguna calle de esa ciudad. El invertido se compone de esta pieza, una fotografía de la obra original y un certificado, que especifica el lugar y fecha de ejecución y sobre todo garantiza la autenticidad y unicidad de la obra. El original forma también parte del conjunto aunque de forma simbólica, como ocurre en los “alias” de Invader, otro de los escasos ejemplos de piezas mixtas –obras que viven al mismo tiempo en la calle y en la colección– que ha dado la escena del arte urbano.

Dos piezas de la exposición Invertidos. Rojo artspace, São Paulo, 2007-2008

En ocasiones Eltono produce piezas –como el reciente Autotono– que dependen de la intervención física del público para formar la imagen del icono del artista mediante partes móviles u otros recursos. Eltono vincula ese nivel de intervención del público sobre la forma de la pieza con el modo en que las obras que habitualmente abandona a su suerte en la calle se transforman por infinidad de factores ajenos a su control. Un proceso de desaparición a veces muy gradual que el artista aprecia por los valores formales que aporta y por el hecho de que libera a sus obras de la condición sagrada que la tradición occidental impone a la obra de arte.

Otro reciente proyecto de Eltono incorpora una de esas fuerzas exteriores como parte principal de la obra. No se trata ya de postgraffiti sino de un ejemplo de intervención específica: prescinde de la identidad de los artistas y se centra en explotar un elemento del paisaje. Llevado a cabo en Nueva York junto con el artista norteamericano Momo, el proyecto Plaf! ha consistido en la fabricación de una serie de esculturas cinéticas construidas a partir de basura del río Hudson (East River) e instaladas en las viejas maderas que asoman en sus orillas, restos de muelles en desuso. Las esculturas utilizan las mareas y la corriente del río para describir movimientos más o menos controlables.

Liverpool 2002

Japón 2006

Berlín 2007

Lima 2008

Oslo 2006

Rio de Janeiro 2004

Madrid, 2005 y 2006

La Boca, Buenos Aires, 2007. La pieza utiliza los colores del equipo de fútbol local

Bogotá 2008

Blek le Rat

Dejo aquí hoy el primer articulo de lo que será una serie de perfiles de artistas urbanos. A diferencia del foco general del blog, que trata de arrojar luz sobre los aspectos más ignorados del arte público independiente, en esta serie voy a presentar artistas establecidos con el fin de situarlos en el esquema taxonómico e histórico que estoy poco a poco describiendo. Hoy hablamos de Blek, el pionero de la importante escena de postgraffiti que se desarrolló en París durante los ochenta.

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Xavier Prou, conocido como Blek le Rat, nació en París en 1952. Creció en un barrio privilegiado en el seno de una familia culta y estudió en un colegio privado de prestigio. Cursó grabado, litografía y pintura en la Ecole des Beaux Arts de París. Más tarde estudió arquitectura.

Blek conoció el graffiti en una visita a Nueva York en 1971, el momento de explosión del fenómeno, una experiencia que dejó una importante huella en el artista. Diez años después trató de emularlo en las calles de París. Descontento con el resultado, y convencido de la necesidad de encontrar un lenguaje más adecuado al contexto europeo, comenzó a experimentar con la figuración y el uso de plantillas.

Autorretrato. París, 1983

Parte de la primera obra de Blek. París, 1981

Blek afirma haber conocido la técnica en la ciudad de Padua, en un viaje a Italia con sus padres a principios de los sesenta. Allí observó una pequeña efigie de Mussolini ejecutada con plantilla, resto de la propaganda política de la segunda guerra mundial. El artista tuvo probablemente más encuentros con la técnica, que había sido utilizada como herramienta de propaganda en las revueltas del sesenta y ocho, en las que la Ecole des Beaux Arts jugó un papel importante. Por otro lado el movimiento punk la había recuperado, inspirando a partir de 1977 a otros artistas –como el holandés Hans Kaagman– a utilizarla.

Blek le Rat –nombre adaptado de un tebeo italiano que el artista leía en su infancia– comenzó siendo un dúo. El segundo miembro abandonó la actividad a principios de 1982 dejando el pseudónimo a Prou. Uno de las primeras figuras repetidas por el  artista fue la silueta de una rata, que utilizó con profusión durante dos años hasta convertirla en su insignia.

En marzo de 1983, inspirado por el encuentro en París con una de las siluetas de Richard Hambleton –quien por entonces visitaba numerosas capitales de Europa–, Blek ejecutó su primera figura humana de tamaño natural, la imagen de un anciano, que repartió por diez ciudades francesas. Otro precedente mencionado por el artista es la serie de serigrafías con la imagen de Rimbaud que Ernest Pignon Ernest instaló en París en los años 1978 y 1979, una de las muchas series de figuras a tamaño natural ejecutadas por Pignon en esa década.

La primera serie de figuras humanas, 1983

La popularidad del proyecto del anciano hizo que a partir de entonces toda la obra de Blek se compusiera de series independientes en las que se repite una figura de tamaño natural. Cada una de estas series funciona como una campaña de postgraffiti icónico, como lo hizo también la serie inicial de las ratas. El conjunto de la obra de Blek funciona como postgraffiti narrativo al incorporar a lo largo de los años una línea argumental formada por múltiples motivos. En un próximo artículo profundizaré acerca de estas dos tendencias del postgraffiti.

Blek trabajó durante sus primeros años en un París que aún desconocía cualquier forma de expresión autónoma no política. La falta de estigma le permitió actuar en la calle con amplia libertad. La posterior popularización del postgraffiti, y sobre todo la generalización del graffiti a finales de la década, obligaron a Blek a actuar con discrección desde de su primera detención en 1984.

A partir del verano de ese año otros artistas habían comenzado a utilizar la plantilla a la manera de Blek en las calles de París. Pronto se formó una fuerte escena de postgraffiti centrada en la plantilla pero que hizo uso también del aerosol a mano alzada, el pincel, el cartel y el papel pegado. El fenómeno se popularizó especialmente a partir de la publicación por Le Monde en noviembre de 1986 de un artículo titulado “L’ecole de Blek le Rat” (La escuela de Blek le Rat).

Estas tres imagenes muestran murales ejecutados mediante la combinación libre de diferentes plantillas. Un uso de la plantilla característico de Blek y sus coetáneos que ha desaparecido en la escena actual.

El brusco cambio de escenario causado por la aparición del graffiti. En esta imagen de 1986 aparecen firmas de dos de las primeras figuras parisinas: Bando y Psychose.

Soldado ruso. París, 1984

París, 1985

Retrato de Warhol. París, 1986

Nápoles, 1988

Marrakesh, 1987

La escena de postgraffiti parisina de los ochenta vivió unos años de popularidad mediática que se tradujeron en varios libros, alguna exposición y una subasta –en Drouot en 1986– en la que se vendió una obra de Blek por un precio bastante sonado. Sin embargo el fenómeno no llegó a ser asimilado por el sistema del arte y cayó pronto en el olvido. La actividad en la calle cesó en los primeros noventa en un París invadido por el graffiti, especialmente por las firmas, de una manera desconocida en Europa hasta entonces. Blek desapareció con la escena que había encabezado.

La explosión del arte urbano en la segunda mitad de la presente década, y sobre todo los numerosos paralelismos entre la obra de Blek y la del millonario Banksy –reivindicados abiertamente por éste–, ha significado la recuperación del francés y su súbito emplazamiento entre la élite del arte. Thames & Hudson publicó el primer monográfico sobre el artista en mayo de 2008.

La obra coleccionable de Blek consiste en cuadros ejecutados con plantillas equivalentes a las usadas en su obra de calle, además de en obra gráfica. Las imágenes repiten elementos utilizados en su trabajo público. Blek aún trabaja ocasionalmente en la calle de forma autónoma, aunque ha renunciado a la plantilla en favor del papel previamente preparado y pegado con engrudo en la pared, una técnica que ya utilizó en los ochenta y que prefiere por ser más rápida y por permitir una fácil desinstalación en caso de ser sorprendido por la policía.


Autorretrato. Buenos Aires, 2004

Blek pegando un papel en París en 2003

Fotógrafos de los grafitos infantiles

Hace poco hablaba de la tradición inmemorial de los grafitos infantiles, los progenitores directos del graffiti que conocemos ahora. Hoy quiero referirme a tres fotógrafos que se han distinguido por retratar esta forma de arte: Brassaï, Helen Levitt y Roger Mayne.

El artista húngaro afincado en Francia Brassaï (1899-1984) dedicó años a la fotografía de grafitos en los callejones de los barrios obreros de París desde principios de la década de 1930. Brassaï sostenía que, después de viajar por capitales de todo el globo, había observado que los grafitos parisinos era más ricos. La colección de imágenes, admirada por Picasso y otros influyentes amigos del fotógrafo, fue exhibida en el Moma de Nueva York en los cincuenta y se publicó en un volumen monográfico en 1993.

Fotografías de Brassaï y una imagen del artista trabajando.

La colección va a ser exhibida a partir del próximo día 20 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, coincidiendo con la pequeña muestra de Dubuffet –un artista que se inspiró ampliamente en este tipo de grafitos– que se expone ahora. Se trata sobre todo de dibujos grabados en la pared con objetos punzantes. Las fotografías explotan el dramatismo mediante primeros planos y luces picadas –buscadas por el fotógrafo durante horas de espera– que enfatizan las texturas.

La neoyorquina Helen Levitt (1913) fotografió la cultura infantil callejera de su ciudad entre 1938 y 1948. El británico Roger Mayne (1929) hizo lo mismo con la de Notting Hill, Londres, durante la década de los cincuenta. Son imágenes que retratan una época casi extinta, anterior a la aparición de televisores y videojuegos, cuando los niños de los barrios obreros pasaban horas jugando desatendidos en la calle. De esta realidad surgió una cultura compuesta por tradiciones pasadas de boca en boca a través de las sucesivas generaciones de niños: vocabulario, juegos, canciones, conceptos como la guarida o el club secreto, leyendas acerca de personas o lugares de la zona, y los grafitos infantiles.

Fotografías de Helen Levitt.

Fotografías de Roger Mayne.

Podemos considerar este acervo una de las raíces de las subculturas juveniles aparecidas a partir de los cincuenta, el hilo representado ahora por el graffiti y el arte urbano. Esto es sin duda cierto en el caso de los grafitos infantiles, que fueron como decimos el germen del graffiti moderno. La diferencia primera entre estos se encuentra en los materiales: la aparición del aerosol y de los rotuladores permanentes significó la revolución tecnológica que hizo posible la explosión del graffiti neoyorquino. Los grafitos infantiles siguen presentes pero son poco visibles en las ciudades a causa de la presencia del graffiti moderno. Encontramos ejemplos sobre todo en pueblos y en muros especialmente recónditos de los barrios.

Pero Brasaï se sentía atraído no solo por los dibujos sino sobre todo por la evolución de estos: la manera en que se superponen, degradan, e integran con la pared en una textura que los elementos van dando forma durante décadas. En las ciudades modernas es muy difícil encontrar paredes que ofrezcan estos valores. Casi todas están cubiertas de pintura en aerosol o han sido borradas o repintadas recientemente.