Santiago Sierra cortando el paso

Entre los ejes del trabajo del español afincado en México Santiago Sierra –de quien hemos hablado aquí ya (1, 2)– existe uno que nos incumbe por ocurrir en el espacio público de forma autónoma, y por tratar precisamente uno de las componentes básicos de ese espacio: el flujo, de personas y de vehículos.

9632-1

En la intervención “Puente peatonal obstruido con cinta de embalaje” (México DF, 1996), Sierra cortó el acceso a un puente sobre una autovía de la ciudad. La instalación se llevó a cabo a plena luz del día, y los transeúntes, lejos de molestarse, simplemente andaban hasta el siguiente cruce. La documentación es parca pero transmite la violenta energía de la obra, en su concepto y en su resolución formal.

8-3

También entre la producción desarrollada por Sierra en México antes de su ascensión al estrellato del arte se encuentra “Obstrucción de una vía con un contenedor de carga” (México DF, 1998), por la cual provocó un atasco en una gran autovía haciendo aparcar perpendicularmente un enorme trailer durante cinco minutos. En la línea de su paródica adopción del lenguaje minimalista, el artista se refiere a la pieza como la “instalación de un prisma blanco en perpendicular a la vía.” En este tipo de obras de Sierra el autoreferencialismo extremo hasta la náusea de la forma minimalista se sustituye por una salida salvaje a la jungla semántica del contexto social.

sierracortando1

En un tono parecido está la pieza ejecutada el pasado febrero en el puerto de Frihamnen, cerca del centro de Estocolmo. En “Persona obstruyendo una línea de containers” un individuo se planta frente a un convoy de camiones de transporte de mercancías, una clara referencia a la histórica foto de las revueltas de Tiananmen. El individuo soporta estoicamente los constantes pitidos de los camiones y sólo se mueve lo necesario para impedir el paso del primer trailer, que trata varias veces de sortearle. La acción, extremadamente sencilla, logra construir una tensión que acaba siendo dificil de soportar para el espectador.

Resultados de la tercera edición del Taller de arte público independiente

Hace unas semanas terminaba la tercera edición de la asignatura que dirijo para la Universidad Complutense en el campus de Aranjuez. Un año más he tenido la oportunidad de compartir los resultados de mi investigación y de aprender de las propuestas de mis alumnos. Los proyectos de este año son más dispares y emocionantes que nunca. Están accesibles en la página de la asignatura.

Como explico en dicha página, en esta ocasión hemos ampliado el campo de acción para incluir piezas que renuncian a la intervención en el espacio público y que limitan el papel del artista a la documentación de aspectos del mismo mediante fotografía, vídeo o cualquier otro método de registro.

Hay información a fondo acerca del taller en la entrevista que publiqué aquí hace poco. Espero que disfrutéis de los resultados de estos cuatro meses de trabajo.

Qué es en realidad el arte urbano

Hace unas semanas escribí esta pequeña reflexión sobre el arte urbano para la Tribuna Complutense. La edición impresa (pdf) exigió recortar el texto, que aparece aquí en su versión original.

***

Los últimos años han visto un enorme aumento de la presencia mediática y social del llamado arte urbano. Para los que llevamos más de dos décadas implicados en el fenómeno resulta extraño encontrarnos respondiendo entrevistas sobre asuntos que antes era conveniente ocultar para evitar problemas, tanto legales como sobre todo de aceptación social. Unos pocos andamos también escribiendo artículos, impartiendo conferencias o incluso asignaturas universitarias sobre el tema, como la que dirijo desde hace cuatro años en la facultad de Bellas Artes de Aranjuez.

Sin embargo, esta receptividad hacia el arte de calle es más bien superficial. Se traduce sobre todo en la adopción de ciertas estéticas por parte de la siempre insaciable publicidad, en la celebración de espectáculos y festivales que domestican el asunto y le privan de su esencia, y en la publicación de infinidad de libros atiborrados de imágenes pero dramáticamente faltos de textos analíticos que pudieran servir para entender de qué estamos hablando en realidad.

El arte urbano es un cajón de sastre que reúne corrientes de actuación muy diferentes en origen, forma e intención. La más extendida es la del juego competitivo y sectario del graffiti. Más allá del graffiti existe el postgraffiti, una suerte de versión para todos los públicos de aquel, existen distintas formas de activismo vinculadas a menudo al culture jamming, y existe la intervención específica –la forma más depurada de arte urbano–, representada por artistas como el madrileño SpY o el sueco Akay.

El punto común de estas diferentes corrientes se encuentra en que ocurren en el espacio público y por iniciativa exclusiva del artista, sin el control de ninguna institución. La adopción de esta metodología supone ventajas e inconvenientes: por un lado implica renunciar a los presupuestos del arte público y operar en la ilegalidad, que conlleva persecución y precariedad. Pero por otro permite actuar de forma inmediata, sin esperas burocráticas, y contar lo que se quiera, sin filtros ni censuras.

La libertad en cuanto a los contenidos es una de las grandes ventajas del arte urbano. Se habla a menudo de él como de una manifestación real de la libertad de expresión, en una época en que la expresión en el espacio público está monopolizada por la comunicación comercial. Aunque lo cierto es que esta libertad no se explota tanto como cabría esperar, y el contenido de buena parte del arte de calle no va más allá de la autopromoción y el caramelo visual. Esto no hace sino invitar a ese consumo rápido y superficial del arte urbano que, como decía, es norma.

Pero no todo es así. Como en toda forma de arte, más allá del pelotón existen propuestas sensibles, inteligentes, comprometidas y bien articuladas, capaces de emocionarnos, de hacernos reír, llorar y pensar. Artistas del postgraffiti como Momo, 3ttman, Eltono, Blu o Dan Witz, artistas de la intervención específica como Adams, Brad Downey o Les Frères Ripoulain, activistas como los Space Hijackers o incluso artistas del graffiti como Alexey Klyuykov, son ejemplos de que el arte urbano llega mucho más allá.

Hablando de arte urbano 2009

Hoy y mañana, en la Facultad de Bellas Artes de Aranjuez (vínculo a Google Maps), donde dirijo el Taller de arte público independiente, he convocado la primera edición del simposio Hablando de Arte Urbano. Hoy vendrá a hablar 3ttman, el artista de postgraffiti francés afincado desde hace siete años en Madrid cuyas valientes tácticas y fuerte discurso, conceptual y formal, están animando la escena local de una forma impagable. Mañana impartirá una conferencia Dosjotas, madrileño y participante en la primera edición del Taller, que compartirá con nosotros los ejes conceptuales de sus propuestas, siempre muy políticas.

Las conferencias se celebran en el Salón de Grados de la facultad a las 17h.

Nacido en Lille e instalado en Madrid desde 2002, 3ttman (1978) es uno de los más brillantes exponentes internacionales de la vertiente narrativa del postgraffiti. Sus obras, complejas, coloristas y altamente sugestivas aparecen espontáneamente en las calles, de Madrid a Bombay, y son reclamadas por festivales y galerías de todo el mundo.

Madrileño y licenciado en el campus de Aranjuez, Dosjotas (1982) es un artista único y marcadamente político. Sus producciones ad-hoc, discretas y anónimas pero inescapablemente cargadas de intención, captan habitualmente la atención de los medios generalistas y especializados, tanto locales como internacionales.

Del graffiti a la intervención específica: conferencia en la Universidad Politécnica de Valencia

Estaré en Valencia el próximo lunes 27 de abril para impartir una conferencia como parte del programa de Poliniza, un festival promovido por la Universitat Politècnica de València que celebra este año su cuarta edición.

La conferencia lleva por título “Del graffiti a la intervención específica, una evolución del artista hacia la sociedad.” A través del análisis de las carreras de artistas de la intervención específica –site-specific intervention– como Adams (Suecia), Akay (Suecia), Brad Downey (EE.UU) o SpY (España), plantearé mi teoría acerca del graffiti, el postgraffiti y la intervención específica, y su evolución paralela a la maduración personal de los artistas.

La conferencia tendrá lugar en el campus de la universidad a las 19:45.

Charles Simonds: dos vídeos de 1972 y 1974

Os dejo aquí un par de joyas videográficas rescatadas del olvido por el impagable esfuerzo de Ubuweb. Se trata de documentación del trabajo que Charles Simonds (1945) desarrolló en las calles del Lower East Side neoyorquino a principios de los setenta y que estudiábamos hace unos meses.

La primera película incluye una descripción del proyecto expuesta por una voz en off y diálogos con los vecinos curiosos que rodean al artista mientras trabaja. La segunda no tiene locución pero es especialmente valiosa como documentación de la obra y el ambiente. Ambas retratan, junto con las obras y el proceso, el entorno extremadamente degradado que era su escenario y a su público natural, el nativo de esas áreas, mayoritariamente negro e hispano.

Dwellings (1972)
16mm, blanco y negro, 11′. Filmada y editada por David Troy.

Dwellings winter (1974)
16mm, color, 13′. Filmada y editada por Rudy Burckhardt.

Sobre el taller de arte público independiente

La semana pasada comenzaba la tercera edición del Taller de arte público independiente que tengo el privilegio de dirigir en la Facultad de Bellas Artes de Aranjuez de la Universidad Complutense de Madrid. La asignatura acabará en junio, momento en que volveré a publicar los resultados de su parte práctica.

Para quien quiera conocer más detalles acerca de ella dejo aquí esta entrevista, que respondí hace ya unos meses para un medio impreso y finalmente no se publicó. He editado el texto para adecuarlo a la lectura en pantalla, siempre más incómoda, aunque sigue siendo largo. Las últimas preguntas tratan el actual estado social del arte urbano.

Si queréis leer más, Subaquatica publicó otra entrevista al respecto el junio pasado.

***

¿En qué tipo de programa de estudios se inserta la asignatura?

Es una asignatura cuatrimestral de la licenciatura en Bellas Artes de la facultad de Aranjuez, que forma parte de la Universidad Complutense de Madrid.

Luz Nocturna“, obra de Santiago Alcocer en la edición de 2007

¿En qué medida integras temas como el graffiti o el arte urbano en su programa?

La asignatura trata lo que llamamos arte público independiente, es decir las formas de arte en el espacio público que ocurren de manera autónoma, exclusivamente por iniciativa del artista y sin intervención, patrocinio o control alguno por parte de ninguna organización o institución pública o privada. Prácticas por tanto casi siempre ilegales. Esto incluye tanto el graffiti, una disciplina con límites claros y con un vocabulario y lenguaje totalmente definidos, como las muy diversas tendencias que se engloban en el difuso término arte urbano.

También estudiamos parte de lo que se llama culture jamming, sobre todo la actividad de colectivos contrapublicitarios como el Billboard Liberation Front. Pero atendemos además a muchos otros fenómenos interesantes que no se suelen apreciar, por ejemplo el trabajo de artistas urbanos outsider como Tsang Tsou Choi o de activistas sui generis como el Freewayblogger.

En cuanto al graffiti estudiamos toda su historia haciendo especial hincapié en sus episodios menos difundidos, como el primitivo graffiti de los trenes de mercancías (1, 2) de Estados Unidos o el graffiti de las bandas de Los Ángeles, fenómenos ambos que se remontan a principios del siglo veinte. También en las culturas de graffiti autóctonas como el pixação o el graffiti madrileño de los ochenta. En general trato de incidir sobre todo en los aspectos más complicados de entender para quien quiera estudiar de manera independiente, es decir los aspectos menos documentados en libros y en internet. Por supuesto atendemos al génesis del graffiti moderno en Filadelfia y Nueva York entre los sesenta y 1973, otro capítulo relativamente oscuro.

En lo que toca al arte urbano también dirijo el foco en gran medida hacia los artistas y fenómenos menos conocidos. Ahora que la tendencia se ha convertido en algo muy popular y es sencillo encontrar información sobre ella considero mi papel orientar la atención de los alumnos hacia los aspectos que tienen mayor carga conceptual y los que han significado puntos de inflexión en el desarrollo del fenómeno.

Me preocupa especialmente la gran cantidad de trabajos carentes de contenido o de valores destacables a los que se presta una atención desproporcionada, algo que no es sino un producto natural de la burbuja mediática en la que se encuentra el arte urbano. Es de esperar que el tiempo ponga las cosas en su sitio, o al menos parte de ellas. Mientras tanto trato de poner mi criterio al servicio de los alumnos para que las luces de colores no les impidan distinguir dónde hay y dónde no hay.

Es cierto que, aunque hoy día existen muchos libros y webs que cubren el arte urbano y el graffiti, casi todos son colecciones de imágenes con muy poco o ningún texto que ponga en situación y explique qué se está mostrando, que analice el contexto y la progresión histórica de los fenómenos. Dentro de mi trabajo está recopilar y ordenar el conocimiento y la teoría existentes y elaborar mis propias tesis para incorporar todo ello a la clase.

Sombras“, obra de Dosjotas la edición de 2007

¿Hay materia suficiente para presentar una asignatura específica sobre este género de actividades?

El hecho es que me veo obligado a dejar muchas cosas en el tintero. Para desarrollar todo lo que tengo que contar necesitaría bastantes más horas.

En esta faceta docente, ¿qué peso tiene tu experiencia en la calle?

Como decía, la actual popularidad del arte urbano crea un barullo que puede hacer difícil discriminar entre las producciones con peso y las artificialmente infladas. Para ayudar a crear en los alumnos un criterio al respecto es muy valiosa la experiencia de quien ha conocido de cerca el fenómeno desde sus primeras manifestaciones y lo ha visto evolucionar mucho antes de que surgiera la burbuja mediática. Y por supuesto es imprescindible la perspectiva que sólo la formación académica puede proporcionar. Tengo la suerte de poseer ambos bagajes, lo que me coloca en una posición privilegiada para afrontar el estudio de estos asuntos.

Es una asignatura con un sentido práctico, ¿cómo se plantean esos proyectos?

La asignatura es teórico-práctica. Por un lado están las clases, unas veinticinco sesiones de dos horas, que consisten en conferencias y proyecciones durante las que expongo los contenidos que comentaba. Por otro lado está la parte práctica. Cada alumno desarrolla por su cuenta un proyecto personal de intervención en el espacio público. Los proyectos toman forma durante las tutorías, en las que cada alumno se entrevista conmigo varias veces para discutir el planteamiento y desarrollo de su trabajo.

¿Planteas algún tipo de ética en tus clases de modo general a la hora de actuar en la calle? ¿algún tipo de función social?

Para mí personalmente el aspecto ético es muy importante. Aunque procedo de la vertiente más ortodoxa del graffiti, los años han cambiado diametralmente mi punto de vista. Me preocupo mucho de transmitir a mis alumnos una actitud respetuosa a la hora de actuar en la calle. El asunto se resume en la idea de que la calle es de todos, y actuar en ella es hacerlo en la casa de los demás. No se trata sólo de evitar provocar gastos de limpieza y otros engorros, el asunto es que al colocar tu producción en la calle estás imponiéndola a un público que no la ha solicitado.

Aunque pudiera parecer lo contrario, existen muchas maneras de actuación independiente en el espacio público que no son intrusivas o lo son muy poco, y que no provocan gastos considerables. Muestro numerosos ejemplos durante el curso, y el hecho es que muchos alumnos encuentran sus propias tácticas en esta dirección.

Rememorando“, obra de Lucía Yela en la edición de 2008

Obviamente esta exigencia implica que el graffiti tradicional no entra dentro de las prácticas a desarrollar por parte de los alumnos. De todos modos se trata de una disciplina cuyo aprendizaje tiene lugar necesariamente a través años de experiencia en la calle, y está fuera de lugar en un contexto universitario. Nos limitamos por tanto a estudiar el fenómeno desde el punto de vista teórico.

Tampoco contemplamos el graffiti legal, es decir el muralismo en estilo graffiti, un tipo de actividad que no tiene especialmente en cuenta el entorno en que sucede. Y es que el aspecto más importante de la práctica en la asignatura radica en la inmersión del artista en el espacio. Se trata de situarse en el contexto físico y social, percibirlo y analizarlo, y plantear una respuesta en cuanto a forma, concepto y técnica que nazca de este análisis.

El mayor enriquecimiento para el alumno surge de este ejercicio. La asignatura forma parte de una licenciatura en bellas artes, se trata de formar artistas, y lo que se pide a un artista es el desarrollo de un punto de vista propio, de una manera personal de entender la realidad. En este sentido la asignatura puede resultar muy valiosa en la medida en que entrena una manera activa de mirar.

Sobre la función social, las actuaciones artísticas autónomas en el espacio público tienen una función clara si consideramos que sacan el arte de sus espacios oficiales, en los que se encuentra relativamente inaccesible para el gran público, y lo convierten en algo inmediato, parte del paisaje social. Pero este hecho tiene su contrapartida en el aspecto impositivo que comentaba.

Ante la popularización y extensión de estos fenómenos oímos cada vez más voces que denuncian esto, voces que piden a los artistas que se ahorren sus productos, que nadie solicitó nunca, y se limiten a colocarlos en los espacios tradicionales, museos y galerías, donde sean visibles sólo para quien desee verlos. Un argumento que aunque pueda sonar retrógrado no deja de estar justificado. El artista debe tener esto en cuenta y colocar el respeto al espectador en el primer plano a la hora de considerar una actuación pública.

¿Cuál es el perfil de tus alumnos? ¿por qué crees que les atrae este tema?

El perfil de los alumnos es tan diverso como en la carrera en general. Algunos de ellos tienen experiencia en la actividad artística en la calle, normalmente en el graffiti. Para todos ellos la asignatura significa un cambio bienvenido respecto a la tónica general de los estudios, que no suelen abordar temas subculturales ni de actualidad.

¿Cuál fue alguno de los proyectos de tus alumnos que más te impactó?

Una de las cosas más gratificantes de la docencia es cómo a veces los alumnos te sorprenden y superan tus expectativas. He publicado una pequeña página web en la que se muestran algunos de los proyectos más destacados del taller. Está en apaw.javierabarca.es.

Incomunicados“, obra de Pablo Rubio en la edición de 2007

¿Te sientes un plantador de semillas?

En un trabajo como éste, para bien o para mal, tus palabras contribuirán en muchos casos a dar forma a la manera de ver la vida y el arte para algunas personas. Esto es un privilegio, pero también una responsabilidad que llega a ser abrumadora. Exige medir las palabras con mucho cuidado. Las críticas han de ser siempre constructivas, y es necesario aparcar en la medida de lo posible las fobias personales. La verdad es que todo esto se puede convertir en un ejercicio agotador.

¿Sabes de otras iniciativas semejantes a la tuya en otras universidades o por otro tipo de instituciones?

No tengo noticia de ninguna clase permanente a nivel universitario centrada en el estudio del arte urbano.

¿Crees que en este momento hay otro tipo de sensibilidad por parte de la ciudadanía frente al graffiti u otro tipo de acciones creativas libres en la calle?

Es evidente que el arte urbano está perdiendo su carácter de actividad proscrita, y que es cada día más común encontrar arte urbano ejecutado para ser aceptado social y mediáticamente. A nadie se escapa que mucha gente lo practica como manera de hacer currículum, como una faceta más del creativo o diseñador moderno. A cualquiera que haya estado implicado en estos asuntos desde hace unos cuantos años le resulta chocante cómo hoy se hace bandera de algo que antes había que ocultar, cómo ha llegado a tener sex-appeal lo que siempre se ha visto como algo infantil.

Esta aceptación social convive con el rechazo de siempre, que sigue existiendo, hacia unas actividades en su mayoría esencialmente antisociales. El resultado es una situación realmente contradictoria y extraña, que permite que un artista pase la noche en el calabozo y el día inaugurando una exposición por todo lo alto.

¿Un artista se puede ganar la vida en el mundo del arte haciendo estos temas?

Ya no hay duda de que sí. Las convocatorias y exposiciones se multiplican ya no sólo en galerías independientes y espacios no comerciales, también en galerías comerciales y museos de primer orden. Cada vez son más los artistas de calle que se están estableciendo como artistas de galería y venden obra a buenos precios. Hay ya unos cuantos que venden todo lo que producen.

Obviamente, lo que venden no son obras de calle, sino casi siempre cuadros y obra gráfica ejecutados en el estilo que les caracteriza cuando actúan en la calle. Sin duda el encumbramiento de Banksy en 2006 supuso el gran punto de inflexión. Su caso ha sido un ejemplo extremo de trayectoria fulgurante, y ahora mucha gente no quiere perder la oportunidad de hacer dinero con el siguiente Banksy.

Dan Witz, postgraffiti silencioso desde 1978

Dan Witz nació en Chicago en 1957 y estudió en la Rhode Island School of Design y en la Skowhegan School of Painting and Sculpture. En 1978 se trasladó a Nueva York para ingresar en la Cooper Union, de la que salió licenciado en 1980. Vecino del Lower East Side, donde ocupó un loft hasta que el proceso de gentrificación le obligó a mudarse a Brooklyn a finales de los noventa, Witz participó en la escena art-punk neoyorquina de finales de los setenta y principios de los ochenta como músico y como aficionado. Durante varias giras europeas, tras las noches de concierto pasaba los días en las principales pinacotecas del continente explorando las técnicas clásicas del óleo. Esa confluencia de la cultura popular más desgarrada con la tradición artística occidental ha caracterizado desde siempre a Witz.

En 1978 pintó una serie de pequeños fuegos en las paredes de su escuela en un gesto de rechazo a la esterilidad de su posmoderna arquitectura. El suceso supuso un escándalo y Witz fue expulsado para ser vuelto a aceptar después por miedo a la reacción del alumnado. El artista sostiene que esta experiencia le hizo consciente del poder comunicativo del trabajo público independiente de forma que ya no dejó de practicarlo.

Uno de los fuegos pintados por Witz en su escuela en 1978

Witz conocía el trabajo que Simonds y Matta-Clark habían desarrollado en la ciudad pocos años antes, y el que John Fekner continuaba produciendo. Fue coetáneo de la escena artística del East Village y de la corriente de arte urbano asociada a ella –representada por artistas como Keith Haring, Jenny Holzer o Richard Hambleton–, que tras el éxito de Haring se pobló de artistas que salían a la calle en busca de una rápida notoriedad que impulsara sus carreras comerciales. Witz, poco amigo del sistema del arte, procuró en cambio mantenerse al margen y desarrolló sus proyectos de calle lejos de los barrios artísticos, que le hubieran reportado una audiencia más rentable.

El grueso de la obra pública de Witz se desarrolla en forma de campañas independientes de postgraffiti acompañadas por algunas piezas sueltas, ejecutadas casi siempre con las mismas soluciones formales y técnicas y el mismo lenguaje gráfico. Utiliza pequeñas imágenes hiperrealistas que integra con discrección en superficies escogidas por sus valores visuales, y recurre con frecuencia al trampantojo.

Esporádicamente ha producido también muestras de intervención específica, como la que comentábamos hace unos meses. La excelente pieza “Poem down Broadway” (Poema a lo largo de Broadway, 1981), uno de sus más tempranos experimentos, se aleja también de su lenguaje habitual. La serie está inspirada en el cut-up de William Burroughs y en el modo en que los objetos se incrustan en el asfalto en el calor del verano neoyorquino.

Su primera campaña de postgraffiti, Birds of Manhattan (Los pájaros de Manhattan, 1979), surgió inspirada por las largas caminatas en las que el artista solía cruzar la ciudad, tanto por afición como por falta de medios económicos para pagar transporte. En esta serie Witz pintó más de cuarenta colibrís de tamaño natural ejecutados con acrílico directamente sobre las paredes en sesiones de unas dos horas por pieza.

Parte de la serie “Poem down Broadway” (1981)

Uno de los primeros colibrís de “Birds of Manhattan” (1979)

Dos colibrís de su segunda serie, ejecutada en 2000 ya mediante adhesivos

Witz concibió los colibrís a raíz de su interés por los tags –término con que los escritores de graffiti se refieren a sus firmas–. Las pequeñas piezas funcionaban, según Witz, como una especie de anti-tag. Efectivamente se trata de muestras de la identidad del artista desperdigadas por la ciudad, pero de ejecución imposiblemente lenta y que trocan la fuerza del gesto por la contención de la miniatura, el asalto a la mirada por la sutileza casi invisible. Aunque Nueva York vivía entonces años de fuerte presión municipal contra el graffiti Witz podía permitirse encuentros con la policía, que después de observar la delicadeza del trabajo no solía darle problemas.

Con el tiempo Witz desarrolló un sistema para reducir su tiempo de exposición a los peligros de la calle. A partir de 1995 comenzó a preparar sus imágenes en el estudio: trabaja a partir de fotografías que imprime sobre vinilo, recorta, y retoca con pincel para enfatizar los volúmenes y la sensación de realismo. El adhesivo es aplicado en la calle y únicamente la sombra de la figura proyectada sobre la pared se ejecuta in situ con un aerógrafo.

La mayoría de series de Witz funcionan como postgraffiti icónico: repiten un motivo constante que muta en cierta medida cada vez que aparece. Su imaginería es eminentemente introspectiva y tendiente al ilusionismo visual con exepción de algunas obras, como la campaña “Hoodies” (1994, hoodie es el término coloquial para referirse a las sudaderas con capucha) que, aunque críptica, tuvo un marcado contenido político. El proyecto, alejado de su solución técnica habitual, consistió en una serie de más de setenta serigrafías con la imagen de un amenazador encapuchado que pegó a varios metros de altura en los puntos de venta de heroína de su barrio, en una época en que la renovada popularidad del opiáceo causaba estragos en la escena artística y musical.

Una de las serigrafías de “Hoodies” (1994)

De la serie “WTC shrines” (2001)

Una de las piezas sueltas que Witz ejecutó durante la segunda mitad de los noventa

La serie “WTC shrines” (Capillas del World Trade Center, 2002) tuvo también un contenido conectado a la realidad social y fue especialmente sonada. Como homenaje a las víctimas del 11S Witz instaló imágenes de velas en las bases de las farolas a lo largo de las calles desde las que fue posible contemplar el incendio de las torres. Las imágenes estaban inspiradas en las pequeñas capillas instaladas por la población de la ciudad en los alrededores del lugar del desastre.

De manera paralela a su trabajo en la calle Dan Witz ha desarrollado una modesta carrera como pintor hiperrealista que le ha permitido vivir del arte hasta hoy. La explosión comercial del arte urbano a mediados de la presente década ha aumentado la demanda de sus lienzos y ha generado sus primeras exposiciones individuales internacionales. Después de dos décadas de trabajo silencioso en las calles de Nueva York Witz es ahora uno de los pocos artistas de los ochenta ampliamente reivindicados como precedente por la actual escena del arte urbano. Está anunciada la publicación del primer gran monográfico sobre Witz, que no ha dejado de producir nuevas series de postgraffiti en su ciudad cada verano.

Cristopher Cichocki, Katharina Grosse y las cualidades del aerosol

Cristopher Cichocki (1979) es un joven artista norteamericano afincado en California. Su ecléctica obra incluye desde vídeos a pinturas al óleo, pero la parte de su producción sobre la que quiero llamar la atención entra dentro de lo que entendemos como intervención específica autónoma, es decir, actuaciones independientes y no comisariadas en el espacio público que responden al contexto en el que suceden y juegan con alguna particularidad del mismo. Se trata de otro artista desconocido en la escena del arte urbano pero cuyas propuestas, totalmente pertinentes para dicha escena, resultan bastante más estimulantes que lo que ésta suele ofrecer.

Christopher Cichocki: “Foundation”, 2006. C-print, dimensiones variables

Las intervenciones de Cichocki asumen su transitoriedad y lo necesario de su vínculo con el contexto que las alberga y se manifiestan en forma de fotografías. Se trata de la táctica que el maestro Andy Goldsworthy (1956) –el artista académico más habitualmente citado como referencia en la escena del arte urbano– asumió desde el principio de su carrera tras enfrentarse al mismo problema. En ambos casos –salvando las distancias– las imágenes resultantes están llenas de fuerza lírica, gran parte de la cual emana del modo en que retratan la belleza del contexto y la volatilidad de la intervención.

Cichocki utiliza la pintura en aerosol de formas sorprendentemente reveladoras. El aerosol tiene una cualidad especialmente importante que lo distingue de casi todas las demás técnicas de aplicación de pintura: la ausencia de contacto entre la herramienta y el soporte. Esta cualidad es utilizada por los escritores de graffiti para ignorar la irregularidad de los soportes sobre los que trabajan y para ubicar sus piezas encima de objetos diferentes y contiguos como si se tratara de una única superficie. Así por ejemplo una determinada pieza de graffiti puede ocupar simultáneamente parte de una pared, de una puerta y de una ventana sin que el salto entre soportes suponga estorbo alguno en la ejecución de la obra ni en su percepción como unidad.

Una pieza de graffiti ejecutada sobre superficies irregulares y diversas. Imagen de C.W. Cohenour

En obras como “Asphalt island” (2004) Cichocki utiliza la herramienta de forma diametralmente opuesta. En una renuncia deliberada de la capacidad del aerosol a la que nos referimos el artista traza un contorno que refuerza la separación entre dos elementos diferentes de la superficie del suelo –un parche de hierba y el asfalto que lo rodea– en un movimiento que no hace sino subrayar un aspecto de la realidad del paisaje pero que, extrañamente, resulta una imagen particularmente irreal, que por momentos nos hace dudar acerca de la distancia entre el objetivo y el suelo, si acaso la imagen se ha tomado desde un trípode o bien desde un helicóptero a centenares de metros de la superficie.

Christopher Cichocki: “Asphalt Island”, 2004. C-print, dimensiones variables

En propuestas como “Origin” o “Drift”, ambas de 2006, el artista hace uso de dicha capacidad del aerosol aunque de un modo muy diferente al explotado por el graffiti. Aplicando la pintura sobre superficies no sólidas como masas de agua, impracticables para las herramientas tradicionales de la pintura pero no para el aerosol, Cichocki crea imágenes turbadoras que vuelven a remitirnos a la idea del cosmos dentro del cosmos, en las que se hace difícil distinguir el charco de la galaxia.

Christopher Cichocki: “Origin”, 2006. C-print, dimensiones variables

Christopher Cichocki: “Drift”, 2006. C-print, dimensiones variables

Christopher Cichocki: “Wound”, 2005. C-print, dimensiones variables

Christopher Cichocki: “Rupture”, 2005. C-print, dimensiones variables

Christopher Cichocki: “Spill”, 2005. Díptico en C-print, dimensiones variables

“Land spore” (2008) o “Miracle grow” (2005) utilizan también una cualidad única del aerosol, esta vez la misma que el graffiti explota: la capacidad para aplicar pintura sobre superficies extremadamente irregulares. Los resultados se pueden considerar esculturas aunque no están lejos de ser readymades en los que la acción del artista –según el esquema del readymade, la simple voluntad de designación de un objeto como obra artística– toma la forma de un cambio cromático. Si bien la ausencia de contacto físico entre artista y objeto, posibilitada por el uso del aerosol, vincula la efectiva acción pictórica con la inacción conceptual del readymade.

Christopher Cichocki: “Miracle grow”, 2005. C-print, dimensiones variables

Christopher Cichocki: “Land spore”, 2008. C-print, dimensiones variables

Esta explotación del aerosol está emparentada con el imprescindible trabajo de la alemana Katharina Grosse (1961), que se aleja en principio del espectro que estudiamos en Urbanario pero que nos resulta interesante por su recreación de uno de los músculos formales más importantes del graffiti, la citada capacidad de saltar libremente entre superficies diferentes y contiguas. En sus obras más características Grosse utiliza pistolas de pintura –que no son sino versiones motorizadas y de escala industrial de los humildes aerosoles– para aplicar abigarradas composiciones cromáticas que se extienden alegremente sobre montañas de tierra y otros objetos instalados a tal efecto y sobre los suelos, paredes y techos que los rodean.

Obras exteriores como “This is not dogshit” (2007) remiten al graffiti de forma aún más directa. Tanto en interior como en exterior las piezas de Grosse poseen una fuerza mastodóntica y transmiten una sensación de libertad casi histérica que pocas propuestas artísticas pueden reivindicar.

Katharina Grosse: “Untitled”, 2003. Acrílico sobre pared, 530×1430x855 cm. Union, Londres

Katharina Grosse: “Untitled”, 1999. Acrílico sobre pared, 405×1481x233 cm. The Drawing Center, Nueva York

Katharina Grosse: “Cincy”, 2006. Acrílico sobre pared, suelo, cristal, styrofoam y tierra, 480×740x1180 cm. Contemporary Arts Center, Cincinnati

Katharina Grosse: “Untitled”, 2003. Acrílico sobre pared, 428×1861 cm. Schloß Dyck, Jüchen

Katharina Grosse: “Untitled”, 2003. Acrílico sobre pared, metal y ladrillo, 1300×1000x1000 cm. Berlinische Galerie, Berlín

Katharina Grosse: “This is not dogshit”, 2007. Acrílico sobre pared, metal y ladrillo. Franchise Foundation, Leeuwarden

Arthur Stace, Mr. Eternity

Hace unos meses hablaba del trabajo de Josef Kyselak, claro precedente del graffiti moderno que tuvo lugar a principios del siglo diecinueve. Hoy presento el también sorprendentemente antiguo caso de Arthur Stace, un alcohólico reformado convertido en predicador evangelista que escribió medio millón de veces la palabra “Eternity” en las aceras de Sydney, Australia, durante los años treinta, cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo veinte.

Stace nació en 1884 en Balmain, un barrio deprimido de Sydney. Sus padres y sus cuatro hermanos y hermanas eran alcohólicos y pasaron buena parte de sus vidas en la cárcel. Durante su infancia Stace dormía fuera de la casa para evitar la violencia paterna y comía lo que lograba conseguir robando y buscando en la basura. No recibió ninguna educación. A los doce años fue tutelado por el estado, lo que no evitó su temprano alcoholismo. A los catorce consiguió su primer empleo, en una mina de carbón, y a los quince ingresó por primera vez en la cárcel.

En la edad adulta Stace era un hombre delgado, de 1′60 metros y menos de 45 kilos de peso. Con más de veinte años trabajaba como recadero llevando bebidas de un pub al burdel regentado por sus hermanas y a varias casas ilegales de juego. También se involucró en bandas dedicadas al robo de pisos para las que servía sobre todo de vigilante por su discreta complexión. Su vida de alcoholismo y crímenes menores fue interrumpida sólo por la primera guerra mundial, durante la cual fue destinado a Francia para servir como camillero.

Regresó del frente gaseado y medio ciego de un ojo e inmediatamente retomó sus hábitos, que le hicieron degenerar hasta el punto de vivir de la limosna y beber alcohol desnaturalizado. Intentó sin éxito librarse de su adicción mediante estadías voluntarias en hospitales y psiquiátricos. Pasó en numerosas ocasiones por la cárcel y estuvo cerca de ser ingresado por el juez en un psiquiátrico de donde probablemente no hubiera salido jamás.

Eran los años de la gran depresión y un alcohólico desharrapado como Stace no tenía ninguna posibilidad de encontrar empleo. Un día de 1930 asistió junto con otros trescientos indigentes a hora y media de homilía en una iglesia evangélica a cambio de té y un bollo. La experiencia cambió el rumbo de Stace, que con cuarenta y seis años abandonó repentinamente su modo de vida para convertirse en un beato. Desde entonces y hasta su muerte trabajó en la beneficencia y predicó en numerosas iglesias. Predicó también cada sábado en la calle –siempre en la misma concurrida esquina del centro de Sydney– con un estilo especialmente teatral, primero de viva voz y más adelante desde una furgoneta con luz y amplificación. Se ganaba la vida en el servicio de limpieza municipal. Contrajo matrimonio a los cincuenta y siete años.

Dos años después de su conversión, en 1932, Stace asistió a un sermón a cargo del pastor John G. Ridley, un conocido predicador de estilo especialmente duro y ex combatiente condecorado en la primera guerra mundial. El sermón, basado en un tracto del evangelio de Isaías (57:15), llevaba por título “Los ecos de la eternidad”. Durante su discurso el pastor, normalmente disciplinado, apartó de pronto sus notas y gritó “Eternidad, eternidad. Me gustaría poder gritar esa palabra a toda la gente en las calles de Sydney.”

Stace narra así la experiencia: “Continuó gritando ‘eternidad, eternidad…’, y sus palabras siguieron resonando en mi cerebro al salir de la iglesia. De pronto comencé a llorar y sentí una poderosa llamada del Señor para que escribiera ‘eternidad’. Tenía un trozo de tiza en el bolsillo, y junto a la iglesia me agaché y lo escribí. Lo gracioso es que antes de escribirlo apenas era capaz de escribir mi propio nombre. No tenía educación y no me hubiera sido posible deletrear ‘eternidad’ de ninguna manera. Pero me salió suavemente con una bella escritura cursiva inglesa. No pude entenderlo y sigo sin poder.”

Efectivamente, Stace era prácticamente analfabeto. Su mujer le leía las cartas y escribía las respuestas que él dictaba. En sus propias palabras, “lo he intentado una y otra vez pero lo único que consigo escribir en cursiva inglesa es ‘eternity’”. Sin embargo, a partir de aquel momento Stace convirtió la difusión pública de la palabra “eternity” en su misión personal, y la escribió al menos cincuenta veces al día durante el resto de su vida.

Todas las mañanas se levantaba a las cuatro, rezaba hasta las cinco, desayunaba y salía a la calle, vestido siempre de forma muy correcta con corbata, traje y sombrero. Cada día se dirigía a una zona diferente, tanto en el centro de Sydney como en barrios y pueblos, incluso a veinte kilómetros de la ciudad. Afirmaba que dios le indicaba la noche anterior el camino que debía recorrer. Llegó a llevar su mensaje a Melbourne, a 1600 kilómetros. Escribía en las aceras cada cien metros y en el suelo junto a las entradas de las estaciones de tren, de forma que los trabajadores que llegaban a la ciudad veían la palabra recién escrita. Volvía a su casa a las diez de la mañana y después del trabajo continuaba su misión, a la que tras jubilarse pasó a dedicar casi todo su tiempo.

Comenzó escribiendo con tiza amarilla, que pronto sustituyó por ceras, más resistentes a la humedad. Consideraba la palabra eternity un “sermón de una palabra” especialmente efectivo, que “hace llegar el mensaje, hace a la gente pararse y pensar.” Sólo lo sustituyó brevemente a los ocho o nueve años por “Obey god” (obedece a dios), y cinco años más adelante por “God or sin” (dios o pecado) y “God 1st” (dios primero).

No encontró muchos problemas en sus más de treinta años de campaña callejera. Durante un tiempo alguien modificaba sistemáticamente sus escrituras de manera que dijeran “maternity”. Stace respondía trazando una E mayor encima de la enmienda. Fue enfrentado en veintitrés ocasiones por la policía, de la que se defendía diciendo: “Sé que hay una ley que prohíbe manchar las aceras, pero yo tengo autoridad que proviene de un estamento mayor.” En una de esas ocasiones respondió al agente: “Es una palabra de la Biblia que quiero que la gente lea, y no olvides que cuando ingresaste en la policía juraste sobre ese libro”. Nunca fue arrestado.

Única muestra que se conserva del trabajo de Stace. Tiza sobre cartón. Colección del National Museum of Australia.

Stace consideraba su campaña una misión evangélica y nunca buscó notoriedad personal. Durante veinticuatro años su trabajo se fue haciendo cada vez más popular mientras su identidad continuaba siendo un misterio. Los columnistas locales especulaban y varias personas entraron en las redacciones de los periódicos clamando ser el personaje que la prensa había apodado Mr. Eternity. Por fin, en 1956, Stace fue sorprendido in fraganti por el pastor de su parroquia. El descubrimiento se divulgó y el Sydney Sunday Telegraph publicó en seguida una entrevista con el subrepticio predicador. Otra entrevista, retransmitida por radio en 1964, está accesible en internet. Arthur Stace murió en 1967.

La obra de Stace es un icono de la ciudad de Sydney y ha influido a numerosos artistas, poetas y cineastas durante décadas. Martin Sharp, máximo exponente del arte pop en Australia, la ha utilizado a menudo. Grupos evangelistas australianos han adoptado a Stace como figura ejemplar y han llevado a cabo campañas de escritura en el suelo de la popular palabra.

En el año siguiente a la muerte de Stace el ayuntamiento de Sydney propuso la instalación de una serie de placas que conmemoraran su memoria pero la iniciativa no prosperó. Durante la remodelación de la Plaza de Sydney en 1977 el arquitecto a cargo, Ridley Smith, logró la instalación de un sencillo monumento consistente únicamente en la palabra eternity, escrita con el estilo de Stace, incrustada en la calzada en letras de aluminio de unos veintiún centímetros. El arquitecto tenía un interés personal en la memoria de Stace, a quien solía escuchar predicar en la calle cuando niño. Su nombre de pila es además un homenaje de sus padres a John G. Ridley, el predicador que inspiró la campaña de Stace.

La placa instalada en 1977

La máxima expresión de la adopción de Stace como símbolo de Sydney tuvo lugar durante la celebración de la nochevieja de 1999 en el puerto de la ciudad. Tras los fuegos artificiales y ante una audiencia de un millón de personas se encendió sobre el icónico puente del puerto una réplica luminosa gigante de la característica escritura. El espectáculo se reprodujo unos meses después como parte de la inauguración de los juegos olímpicos de la ciudad, esta vez ante los ojos de infinidad de millones de teleespectadores.

Un año después el ayuntamiento de Sydney inscribió el logotipo en el registro de la propiedad intelectual para evitar su explotación comercial o privada. Según leía el comunicado, la obra “es parte de la historia de Sydney y se ha convertido en un verdadero icono de la ciudad. Así pues, de la misma manera que el Ayuntamiento toma medidas para proteger los edificios históricos de usos indebidos, también Eternity merece ser preservada como bien público.” El uso artístico o social es permitido.

En 1994 se emitió en la televisión australiana “Eternity”, un poético documental que dramatiza escenas de la vida de Stace con estilo de cine negro, y en 2003 se estrenó la ópera “The eternity man”, basada en la vida y obra de Stace. El importante cineasta británico Julien Temple, conocido sobre todo por sus retratos de los Sex Pistols, presentaba hace unos meses una película musical del mismo título basada en la ópera. La cinta contribuirá probablemente a la divulgación internacional de la obra de Stace, que hasta ahora apenas ha trascendido fuera de Australia.

El puente del puerto de Sydney en la nochevieja de 1999

Martin Sharp: “Eternity Haymarket”, 1977. Serigrafía, 67×89cm

Las películas acerca de Stace, estrenadas en 1994 y 2008